Duelo, culpa y reparación: el Telémaco belga de “Le gamin au vélo”.

«Tú no eres Odiseo, mi padre, sino un demón que me hechiza para que me lamente con más dolores todavía, pues un hombre no sería capaz con su propia mente de maquinar esto si un dios en persona no viene y le hate a su gusto y fácilmente joven o viejo. Que tú hace poco eras viejo y vestías ropas   desastrosas, en cambio ahora pareces un dios de los que poseen el vasto cielo.» 

(Homero. Odisea, Canto XVI: Telémaco reconoce a Odiseo.)

«Cerca de la hora novena, Jesús clamó a gran voz, diciendo: Elí, Elí, ¿lama sabactani? Esto es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?»  

(Mateo 27:46. Crucifixión y muerte de Jesús.)

1. Introducción                                                  

Con el presente trabajo se quieren desarrollar conceptos teóricos psicoanalíticos de la denominada “escuela inglesa” a través de un trabajo de relación con la película “Le gamin au vélo” (Bélgica, 2011), de los hermanos Jean-Pierre y Luc Dardenne.

Para el abordaje de la tarea se decidió proceder siguiendo la hipótesis que el protagonista del largometraje esté pasando por un proceso de duelo, siguiendo como eje fundamental su elaboración acorde a las formulaciones respecto de la posición depresiva según la teoría de Melanie Klein, complementándola de manera integrativa con conceptos ulteriores, tanto de los autores ante mencionados como de Donald Meltzer, Wilfred Bion y Donald Winnicott.

Al tratarse de un trabajo sobre una producción artística y por lo tanto pasible de ser entendida de maneras variadas según quién la mire, se recurrirá a suposiciones e interpretaciones ahí dónde se considere necesario o pertinente, argumentándolas acorde al hilo de la historia y a las nociones teóricas tratadas. Para la ilustración de conceptos se va a hacer referencia tanto a la trama en su conjunto, como haciendo hincapié con más detenimiento en algunas escenas puntuales que se consideren particularmente relevantes y útiles para llevar a cabo el ejercicio planteado.

A los fines de poder articular la teoría con la película se hace necesario elucidar algunos conceptos clave de antemano, de manera que el desarrollo siguiente pueda hacerse más fluidamente y resulte más entendible.

2. Melanie Klein: la posición depresiva

Para poder hablar específicamente de la posición depresiva hay que introducir brevemente el concepto de “posiciones”. Las posiciones podrían considerarse, en parte, como subdivisiones de la fase oral del desarrollo psicosexual (Freud, 1897, 1905), organizadas típicamente alrededor de los aspectos más básicos y primitivos de la experiencia emocional: hambre, satisfacción, apego y dependencia. Freud también señala que la relación entre ingesta oral y satisfacción placentera establece el prototipo del proceso mental de internalización, que persiste en la vida adulta tanto en la forma normal como en la patológica. Poniendo en relación este estado de desarrollo psicosexual con las relaciones de objeto, Abraham subdividirá la fase oral en una fase autoerótica “pre-ambivalente”, seguida por una fase “canibalística” en la cual la agresión juega un papél más prominente. Esta sistematización propuesta por Abraham será adoptada y expandida por Klein, quien se interrogará acerca del funcionamiento de los mecanismos que rigen el funcionamiento mental a partir de los primeros meses de vida, y el impacto que éstos tienen en el desarrollo mental del infante al adulto. Postula entonces dos modos de funcionamiento mental, dos “posiciones”, que una vez instauradas coexistirán en un constante interjuego de predominancia de mecanismos y defensas propios de una u otra. Implican una configuración específica de relaciones de objeto, ansiedades y defensas que persistirán a lo largo de toda la vida.

La posición esquizoparanoide (Klein, 1946) se caracteriza por la incapacidad del infante de percibir a las “personas” como tales en tanto unidades enteras. Sus relaciones objetales son con objetos parciales, los mecanismos mentales que predominan son los procesos de escisión, y la angustia es persecutoria. El mundo interno esquizoparanoide se caracteriza por la ausencia de sentimientos de remordimiento y culpa; lo imperativo es la supervivencia del Yo. Es la configuración de recursos del cual dispone el aparato mental del infante en sus primeros tres meses de vida aproximadamente, hasta que el desarrollo fisiológico y psíquico le permiten elaborar los estímulos internos, externos, y la constante relación de éstos con la fantasía, de un modo más elaborado y coherente. Este segundo momento – que tendrá el aspecto de fase en su etapa de primera organización constitutiva y una vez alcanzada se instaurará como posición – recibirá el nombre de posición depresiva (Klein, 1935, 1940). Se caracteriza por el reconocimiento de la madre como unidad, lo cual conlleva una relación con objetos totales y, consiguientemente, a un reconocimiento del infante mismo como unidad constante en cuanto a su constitución física y psíquica. Prevalecen los mecanismos de integración, la tolerancia de la ambivalencia, la ansiedad depresiva por el miedo a la pérdida del objeto amado, y el sentimiento de culpa por el daño que a este mismo objeto amado se le ha ocasionado, en la fantasía y a través de la identificación proyectiva, durante la fase anterior bajo el predominio de mecanismos esquizoides y de los predominantes impulsos sádico-orales y envidiosos.

Es importante destacar que la integración obtenida nunca llega a ser total: las defensas contra el conflicto depresivo despiertan una regresión a fenómenos esquizoides, de manera tal que habrá una oscilación constante entre ambas configuraciones. La importancia de la manera en que la integración de las relaciones objetales se lleva a cabo durante la elaboración de la posición depresiva será, para Klein, fundamental y determinante para todo el desarrollo siguiente. Si el Yo alcanza una integración suficiente durante la posición depresiva, los mecanismos psicóticos de la primera infancia dejarán lugar, gradualmente, a mecanismos neuróticos como defensa contra las ansiedades paranoide y depresiva, que a su vez con un desarrollo favorable, posibilitarán la sublimación a través de la creatividad y la reparación simbólica auténtica.

3. Articulación teórica con la película

Para la siguiente tarea se optó por subdividir la película en tres “actos”, caracterizados por distintas etapas en la elaboración del duelo por parte del protagonista, usando como organizador y línea rectora la figura di Telémaco – el hijo de Odiseo y Penélope en La Odisea de Homero.

a) Primer acto: el mito

«Muy triste es, pero dejémoslo aunque nos duela; que si todo se hiciese al arbitrio de los mortales, escogeríamos primeramente que luciera el día del regreso de mi padre.» (Odisea, XVI)

La película empieza con Cyril en el instituto en el cual ha sido dejado por el padre, intentando obstinadamente llamarlo una y otra vez por teléfono, recibiendo como respuesta siempre la misma grabación automática de la empresa telefónica diciendo que el número ha sido desconectado. El educador que presencia la escena resume sucintamente el conflicto que Cyril tiene que resolver, empezando por aceptarlo: “Tienes que aceptar que tu padre se fue”.

En toda la primera parte de la película observamos como Cyril persigue a un padre que no quiere ser encontrado. Desde el punto de vista del protagonista se trata de un duelo extremadamente importante, ya que implica la aceptación de la pérdida de lo que se desprende ser el único progenitor o familiar que le quedaba. Se intuye que su madre falleció – probablemente cuando Cyril era muy chico – ya que el padre, en una conversación posterior, menciona no poderse hacerse más cargo del hijo desde que falleció la abuela del chico.

Pero ¿qué implica un duelo? Melanie Klein, al igual que Freud en Duelo y melancolía (1917), ubica el punto central en la relación entre una pérdida afectiva y el juicio de realidad. Pero mientras Freud proponía el abandono del ligamen con el objeto perdido como fin último de la elaboración del duelo, Klein planteará la cuestión pasándola al plano de las relaciones objetales de la realidad psíquica, que llamará “mundo interno”. Las dos son, si se quiere, maneras distintas de entender los mecanismos que hay detrás del aceptar la realidad de la pérdida. Según Klein, el prototipo del duelo es por el «[…] pecho de la  madre y todo lo que el pecho y la leche han llegado a ser en la mente del niño: amor, bondad y seguridad» (Klein, 1940, p.347). Afirma entonces que toda pérdida que experimentemos se remite a la experiencia primaria del destete, y que reactiva ansiedades y mecanismos de defensa inconscientes para volver tolerable el miedo frente a la amenaza de pérdida del objeto bueno primario, núcleo de un Yo saludable. Dice Klein: «[…] la pena por la pérdida real de la persona amada está en gran parte aumentada […] por las fantasías inconscientes de haber perdido también los objetos “buenos” internos» (Ob. Cit., p. 355). Del miedo a la defragmentación del Yo y de la necesidad de renovar los vínculos con el mundo externo derivaría el dolor asociado al «[…] lento proceso del juicio de realidad durante la labor del duelo» (Ob. Cit., p. 356).

Entendemos, entonces, que un duelo implica una reorganización del mundo interno – proceso que se hace doloroso por el reaflorar de mecanismos y ansiedades persecutorias esquizoides que responden a dicha “reestructuración forzada” cómo si se tratara no de una reconstrucción, sino de un desmembramiento de las relaciones objetales que constituyen la cohesión y la integridad del Yo. En el caso de Cyril, además, cabe suponer que el duelo por la pérdida actual del padre haya evocado un duelo anterior por la pérdida de la madre; figura que en la vida de Cyril parece no tener otra presencia que la de su ausencia. Tal vez reafloren, en este segundo duelo, los sentimientos de culpa derivantes de la envidia hacia la madre y su pecho, y sus consiguientes miedos a haberla irremediablemente arruinado. En el caso de un duelo normal, alcanza con la mera fantasía de lo mencionado para que un infante sienta una intensa culpa que lo acompañará, en sus distintas formas y en relación con otros objetos, por toda la vida. Cyril probablemente haya tenido que lidiar con una efectiva muerte de la madre real, además de la de la abuela, no limitada a su fantasía sino efectivamente ocurridas. Esto podría hacer entender un poco más sobre las circunstancias que lo llevan a adoptar defensas maníacas en esta medida para hacer frente al renovado duelo para con el padre, y por ende las dificultades que experimenta para reconstruir su juicio de realidad y soportar el dolor que conlleva. Sobre la relación entre el duelo y las experiencias tempranas de pérdida, afirma Klein: «[…] Hay una conexión entre el juicio de realidad en el duelo normal y los procesos mentales tempranos. […] El niño pasa por estados mentales comparables al duelo del adulto y […] son estos tempranos duelos los que reviven posteriormente en la vida, cuando se experimenta algo penoso» (Klein, 1940, p.347).

Una de las defensas maníacas que el personaje de Cyril demuestra asidua y claramente es el de idealización-negación: para negar al objeto malo (y así neutralizar las angustias esquizoparanoides que de él derivan como fantasías retaliativas), idealiza a su par bueno. Que sea el hecho que el padre se deshizo de él dejándolo en el instituto, o su cambio de hogar y teléfono sin haberle avisado, o que le digan que no está en el departamento en el cual vivía antes, o… Nada de todo eso parece importar. Sus defensas maníacas recurren a los mecanismos esquizoides (escisión, negación, idealización, identificación proyectiva), organizándolos sistemáticamente con el fin de mantener el estado más integrado del Yo, dirigiéndolas específicamente en contra de una experiencia determinada. Cyril infaltablemente encuentra una explicación, una excusa que le permite mantenerse aferrado a su objeto bueno idealizado, que al verse amenazado comprometería, como vimos, a todos los objetos buenos. Se agarra obstinadamente a la idea del padre que “quiere verlo, pero no puede”, de la relación con el cual se hace representante su bicicleta – esa bicicleta que es una versión infantil de la moto de papá, un símbolo de su vínculo con el padre, y de la cual Cyril no puede aceptar que haya sido descartada, así como ha sido descartado él.

b) Segundo acto: el desencanto

 «No soy ningún dios, ¡Por qué me confundes con los inmortales? Soy tu padre, por quien gimes y sufres tantos dolores y aguantas las violencias de los hombres.» (Odisea, XVI)

Cuando finalmente Cyril y Samantha logran ubicar al padre en el restaurante en el cual trabaja luego de que éste no apareciera para el encuentro que habían acordado, asistimos a una conversación muy fría entre padre e hijo. Cyril adora al padre, sigue sin ver las señales que éste le envía y sin escuchar lo que le dice, y se demuestra extremadamente complaciente – ya, podríamos decir, a modo de intento de reparación maníaca. El padre es totalmente incapaz de mantener y entablar una conversación y un vínculo afectivo con el hijo y se libera de él lo antes posible, prometiéndole llamarlo el sábado siguiente. Cyril, infatuado, vuelve al auto de Samantha, mientras que ésta a pedido del padre de Cyril entra al restaurante para hablar con él, quien le confía que no va a poder ver al hijo, y no quiere que lo llame. Samantha entonces lo obliga a decírselo en persona. Escuchar de la boca de su padre que no quiere que lo vaya a buscar nunca más y que tampoco lo intente llamar, destroza a Cyril. Durante el viaje de vuelta se autoagrede, rascándose la cara y golpeándose la cabeza con las manos y contra la puerta. Samantha lo contiene, lo abraza, y lloran juntos.

Esta escena representa un corte en el juicio de realidad de Cyril, y es un corte muy violento, desgarrador, doloroso. ¿Qué es lo que pasó, por qué se dio esa autoagresión, y qué implica? Klein escribió que «El mayor peligro para el sujeto en duelo es la vuelta contra sí mismo del odio hacia la persona amada perdida» (Klein, 1940, p.356). La ambivalencia depresiva, ya no escindida entre objeto malo y objeto bueno, lleva a que las emociones experimentadas provoquen una vuelta contra uno mismo.

Wilfred Bion hizo, a este propósito, unos aportes interesantes, formulando una teoría del funcionamiento mental y el concepto de “ataque al vínculo” (Bion, 1959). Se concentra en la investigación y la descripción de fenómenos que parecen implicar la destrucción de la capacidad de pensamiento del paciente. Llegará así a concentrarse en la importancia que tienen, además de los objetos internos, los vínculos que los unen. Podríamos decir que si Melanie Klein se concentró más sobre el aspecto “objeto” de las relaciones objetales, Bion lo hizo con el aspecto “relación”. Postula que la excesiva intensidad de envidia primaria provoca el odio hacia el mundo externo como al mundo interno, y la agresividad consiguiente termina volviéndose en contra del aparato psíquico, atacando los vínculos internos que proveen la cohesión del mismo. Se trata entonces de un ataque vuelto no contra los pensamientos, sino contra el aparato por el cual son pensados.

En el caso de la escena en cuestión parece plausible afirmar que el acting out de Cyril podría entenderse como un ataque físico a la mente que alberga los objetos internos que le provocan angustia y dolor; un intento desesperado para volver a escindir, esta vez hasta mecánicamente, la integración de la imago paterna idealizada – sin reflejo en la realidad – con aquélla odiada, sinónimo del abandono real y, por desplazamiento, del duelo prototípico por la pérdida del pecho y de la madre. Bion, además, «[…] no se conformó, como la mayoría que se dedicaron al tema, con aceptar simplemente la descripción de la “fantasía omnipotente” de los procesos de escisión e identificación proyectiva, como operaciones que solamente ocurren en la fantasía» (Meltzer, 1990, p.22). Para Bion, la identificación proyectiva tiene una función comunicativa. El episodio en cuestión podría ser un ejemplo de ello. La mente de Cyril podría haber padecido, por la comunicación del padre, un empuje abrupto hacia la verdad, que Bion entiende, en su modelo mental biológico-organicista, como una necesidad del aparato mental al igual que la necesidad orgánica de ingerir alimentos. La cohesión armónica entre objetos internos originaría una sensación de verdad. Con sus pocas contundentes palabras, el padre de Cyril lo empujó hacia la verdad, superando las defensas maníacas que éste estaba manteniendo justamente con el fin evitar el choque desestabilizador de la realidad de la pérdida sobre su aparato psíquico. La actuación de Cyril podría ser a la vez una expresión de la incapacidad de su mente para soportar una miríada de pensamientos “indigeribles” (beta) (Bion, 1962) y una comunicación, a través del mecanismo de identificación proyectiva, vuelta a Samantha para que ésta le “preste” su función mental y le confiera un sentido a lo que Cyril no puede percibir sino como esbozos de pensamientos dolorosos. La reacción de Samantha – de tristeza, miedo, angustia – sería el correlativo procesado, “pensado”, de lo que Cyril no pudo expresar sino autolesionándose descontroladamente. Al reconocer sus propias emociones evocadas en ella, y gracias a la reacción contenedora de Samantha, tanto en sentido figurativo como pragmático a través del abrazo, el protagonista puede finalmente y por primera vez sentir lo que le pasa. Cómo señala Klein (1940) el trabajo del duelo se da de manera oscilatoria, y no con cortes netos y claros. Cyril entonces seguirá defendiéndose de lo que su juicio de realidad y su tendencia hacia la verdad le intiman, pero ya está un paso más adelante en su elaboración: ahora sabe que su padre en cuanto persona total, lo ha abandonado y no lo quiere ver.

c) Tercer acto: el héroe inexistente

«¡Eurímaco! Ya se acabó la esperanza del regreso de mi padre: y no doy fe a las noticias, vengan de donde vinieren, ni me curo de las predicciones que haga un adivino a quien mi madre llame e interrogue en el palacio.» (Odisea, I)

En la escena final el protagonista es apedreado, se cae del árbol al cual se había trepado para escaparse de su persecutor, y pierde el conocimiento. El padre presente (la víctima del asalto que Cyril había perpetrado en su contra) le niega, otra vez, los cuidados que necesita. A pesar de eso, Cyril se recompone, “resucita”, y parte hacia el mundo, con su bicicleta: ya tiene a dónde ir.

Cyril ha descubierto, gracias a Samantha, que hay palabras y promesas que se reflejan en actos concretos; que hay quien es capaz y está dispuesto a sufrir física y mentalmente para y por él – y a pesar de todo eso, de sobrevivir, sin volverse vengativo o retaliativo. El trabajo del duelo (inconcluso, por cierto) que ha llevado adelante Cyril a lo largo de la película, difícilmente podría haberse llevado a cabo sin la oportunidad ofrecida por Samantha de prestarse para que la integración tuviera lugar, conteniendo las angustias preverbales (Winnicott, 1956) del protagonista, dejándose usar como objeto para que Cyril pueda descubrir al mundo con la necesaria confianza y seguridad, sobreviviendo a su agresividad y, fundamentalmente, proveyéndole una “segunda oportunidad”. A este respecto, al hablar de los albergues que hospedaban a los niños deprivados durante y recién terminada la Segunda Guerra Mundial, afirma Winnicott: «[…] Es de gran importancia saber si el niño tuvo o no una relación satisfactoria con la  madre. Si ha tenido la experiencia de una buena relación temprana, aunque la haya  perdido, podrá recuperarla en su relación con algún miembro del personal. Si ese momento nunca se dio, el albergue no tiene ninguna posibilidad de crearlo, ab initio» (Winnicott, 1999, p. 73).

A la luz de lo expuesto hasta ahora y a los fines del presente escrito, podemos pensar en una equivalencia funcional entre el miembro del personal y Samantha, y en el albergue como “entorno” (Winnicott, 1965). Llevado a la trama de la película que venimos analizando, el párrafo citado nos haría suponer que en su desarrollo temprano Cyril tuvo una relación satisfactoria con la madre, ya que en su relación con Samantha podemos identificar una recuperación de esa “buena relación temprana” (Winnicott, 1947). En otras palabras: Cyril está en condiciones de entablar una relación con Samantha porque esta relación parte de, y se reanuda a, la relación temprana que pudo tener con su madre. En términos kleinianos podríamos hablar aquí de la instauración exitosa, aunque sea en parte, del pecho bueno como núcleo del Yo durante el desarrollo temprano en la primera infancia. Gracias a la introyección de ese objeto primario y la confianza en su permanencia es posible, por un lado, la exploración del mundo con sus objetos, sus afectos y sus amenazas, con la seguridad necesaria de que va a “seguir existiendo” ese objeto bueno con todo lo que representa – y por el otro, la instauración y e mantenimiento de una relación de afecto y cuidado con otra persona y el importante logro que es la capacidad para estar solo (Winnicott, 1993).

4. Conclusiones y reflexiones finales

La historia de Cyril es, en cierto modo, una “antiepopeya“ – a tratos hasta bíblica, con un padre sacrificando a su hijo, un ángel del bien, un ángel del mal, una tentación, una lapidación y finalmente la resurrección – de un chico belga común y corriente de doce años que, abandonado por el padre, lo busca sólo para encontrarse con la realidad de que éste no quiere ser encontrado. La desilusión para con el padre, el bajarlo del pedestal de ideal del Yo con el cual identificarse, no podría haber tenido lugar sin una elaboración de la posición depresiva (Klein, 1946) y la relativa — y dolorosa — integración de la ambivalencia hasta entonces escindida de forma esquizoide entre objeto parcial malo, por un lado, y su complementario idealizado, por el otro.

En algunos aspectos hay similitudes entre las historias de Jesús (sacrificado por el padre) y Telémaco (abandonado para perseguir otros fines). Pero si Jesús y Telémaco de hecho tenían, respectivamente, a nada menos que al mismísimo Todopoderoso y a Ulises como figuras paternas a cuyo ideal aferrarse, no es este el caso de Cyril: su padre es frágil, inmaduro, irresponsable, débil. Podríamos especular que su carácter y su conducta se vieron afectados a raíz del duelo por la pérdida de su pareja (la madre de Cyril), y más tarde de la abuela del protagonista que llevó a que el padre se sintiera definitivamente sobrecargado, lo cual podría haber desencadenado una regresión a un estado con predominio de la posición esquizo-paranoide y de un estado sexual de la mente con predominancia de la configuración infantil polimorfa (Meltzer, 2008), que lo detiene de poder ejercer el cuidado de un otro, sin poder ir más allá de la búsqueda de su propia satisfacción narcisista y la conservación de su proprio Yo.

Por su defensivo aferramiento al padre idealizado — cuya alternativa insostenible, hasta la aparición de Samantha, es el desamparo emocional y el enfrentamiento con la soledad (Winnicott, 1993) —  a Cyril le lleva mucho sacrificio aceptar la desilusión de haber sido rechazado por una persona de carne y hueso, antítesis del héroe a cuya idea se había aferrado, que se encuentra lejos de querer o estar en condiciones de hacerse cargo de él y de ofrecerle la posibilidad de instaurar ese vínculo “suficientemente bueno” que Winnicott  define no como un mero capricho o deseo pulsional con posibilidad de ser frustrado o satisfecho, sino como una necesidad del desarrollo del Yo.

¿Es entonces Cyril un pequeño Telémaco belga? Pues sí, y no. De hecho le gustaría atravesar las mismas etapas con respecto al encuentro con el padre como la figura mitológica hijo del rey de Ítaca, pero la realidad le impone hacer el recorrido contrario: en vez que de un padre ausente e idealizado hacia un padre transformado en mendigo y por último revelado como el mítico Ulises, Cyril tiene que aceptar que el padre ideal que tanto admira y extraña es un hombre débil y frágil, y por último aprender a tolerar su ausencia. El anhelo de encuentro con un ideal se transforma en un desencuentro real. Pero esa es la función representativa del mito y la razón por la cual queda como tal, a la vez existiendo y siendo constantemente elusivo: el mito provee la novela para un desenlace anhelado inconscientemente, que bajo los mandatos del principio de realidad ha, por lo general, de quedar frustrado. Edipo efectivamente mata a su padre y se acuesta con su madre, así como Telémaco efectivamente se reencuentra con un padre heroico que ocupa su imagen idealizada con un cuerpo y un ser con forma concreta, de carne y hueso. El desengaño de la realidad, así como ha debido aprender a soportarlo Cyril, es que lo que de hecho es impuesto por los objetos externos suele ser el revés de la tendencia seguida por sus dobles internos en su concepción mítica bajo la guía de la fantasía en cuanto representante mental de los instintos.

Bibliografía y referencias:

Bion, W. R. (1959). Ataques al vínculo. En: Volviendo a pensar. Buenos Aires: Hormé.

______. (1962). Aprendiendo de la experiencia. Argentina: Ed. Paidós.

Freud, S. (1984 [1917]). Duelo y Melancolía. En: Obras Completas:Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu.

_____. (1978 [1905]). Tres ensayos para una teoría sexual. En: Obras Completas: Tomo I. Buenos Aires: Amorrortu.

Klein, M. (1946). Notas sobre algunos mecanismos esquizoides. En: Envidia y Gratitud. Melanie Klein Obras Completas (Vol. III, pp 10-33). Buenos Aires: Paidós.

_____. (1940) El duelo y su relación con los estados maníaco-depresivos. En: Amor, culpa y reparación. Melanie Klein Obras completas (Vol. I, pp. 346-371). Buenos    Aires: Paidós.

_____. (1957). Envidia y Gratitud. En: Envidia y Gratitud, Melanie Klein Obras Completas  (Vol. III, pp 181-240). Buenos Aires: Paidós.

Meltzer, D. (1990). Desarrollo kleiniano. Parte III. El significado clínico de la obra de Bion. Buenos Aires: Spatia.

_____. (1974). Los estados sexuales de la mente. Buenos Aires: Kargieman.

Recalcati, M. (2013). Il complesso di Telemaco: genitori e figli dopo il tramonto del padre. Feltrinelli Editore.

Winnicott, D. W. (1993). La capacidad para estar solo. En: Los procesos de maduración y el ambiente facilitador. Buenos Aires: Paidós.

_____. (1999). Sobre el odio en la contratransferencia. En: Escritos de pediatría y psicoanálisis. Barcelona: Paidos.

_____. (1972). Realidad y juego. Buenos Aires: Gedisa.

Zoja, L. (2000). Il gesto di Ettore. Preistoria, storia, attualità e scomparsa del padre. Torino: Bollati Boringhieri editore. 

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