Telémaco adolescente: una lectura psicoanalítica

«¡Oh dioses! ¡Gran proeza ha ejecutado orgullosamente Telémaco con ese viaje! ¡Y decíamos que no lo llevaría a efecto! Contra la voluntad de muchos se fue el adolescente, habiendo logrado botar una nave y elegir compañía entre lo más granado de Ítaca. De aquí adelante comenzará a ser un peligro para nosotros [los Pretendientes]; ojalá Zeus dé al traste con su vida antes que llegue a la flor de la juventud. Mas, ¡ea!, proporcionadme ligero bajel y veinte compañeros, y le armaré una emboscada cuando vuelva, acechando su retorno en el estrecho que separa a Ítaca de la abrupta Samo, a fin de que le resulte funestísima la navegación que emprendió para saber noticias de su padre.»

(Odisea. Canto IV: Telémaco viaja a Esparta para informarse sobre su padre)

[…] Ten siempre a Ítaca en tu mente.
Llegar allí es tu destino.
Mas no apresures nunca el viaje.
Mejor que dure muchos años
y atracar, viejo ya, en la isla,
enriquecido de cuanto ganaste en el camino
sin aguardar a que Ítaca te enriquezca.

Ítaca te brindó tan hermoso viaje.
Sin ella no habrías emprendido el camino.
Pero ya no tiene ya nada para darte.

Aunque la halles pobre, Ítaca no te ha engañado.
Así, sabio como te has vuelto, con tanta experiencia,
entenderás ya qué significan las Ítacas.

(C. P. Kavafis, “Ítaca”)

En el tercer capítulo de Tres ensayos…, Freud (1905) se pregunta acerca de la metamorfosis inherente a un estadio vital que define como “pubertad” y que vincula con los aspectos fisiológicos del desarrollo que convierten al niño en individuo apto a la reproducción. Sostiene que la pulsión de autoerótica se desvía hacia el hallazgo del objeto sexual, previa sumisión de las zonas erógenas a la primacía genital: la pulsión sexual se pone así al servicio de la procreación, i.e. se vuelve altruista por contemplar a otro como corolario de su satisfacción. Así como la sexualidad adulta tiene sus raíces en la infancia, también lo hace el proceso de hallazgo de objeto, edificándose sobre la base de la prototípica relación de placer con el pecho materno durante la lactancia, que se vuelve «…paradigmática para todo vínculo de amor. El hallazgo (encuentro) de objeto es propiamente un reencuentro.» (p.202). El cuerpo infantil que en la niñez garantizaba la preservación del tabú del incesto se encuentra ahora posibilitado, potencialmente, a llevar a cabo la sexualidad fantaseada, llamando en causa la instauración de la barrera del incesto. El respeto por ésta es, para Freud, «…sobre todo una exigencia cultural de la sociedad: tiene que impedir que la familia absorba unos intereses que le hacen falta para establecer unidades  sociales superiores, y por eso en todos los individuos, pero especialmente en los muchachos adolescentes, echa mano a todos los recursos para aflojar los lazos que mantienen con su familia, los únicos decisivos en la infancia.» (p.205). Sin embargo, advierte Freud, aun cuando se evita la fijación libidinal incestuosa, ésta no deja de ejercer su influencia en la adultez.

Claro está que el proceso mencionado no se da de un día para el otro, sino que requiere de un arduo trabajo psíquico de metabolización y profunda reorganización de las dimensiones intra- (los cambios corporales y a las vivencias históricas personales),  inter– (referida al ámbito relacional en el marco de la familia, de los pares y de las relaciones personales en general), y trans-subjetiva (vinculada con la genealogía como transmisión de la herencia generacional). La re-organización a ser llevada a cabo por el trabajo de metabolización en el entretiempo que por el recorrido de la adolescencia lleva de lo infantil a la juventud toma su impulso des-ordenante de lo puberal –que insiste para satisfacerse según configuraciones libidinales infantiles–, y se somete al trabajo re-ordenante de lo adolescente para paulatinamente llegar a una integración psicosomática y así poder desembocar en la juventud como sujeto identitario con una autonomía propia (Grassi, 2010), arraigándose filogenéticamente en la historia de la cual uno es hijo pero a la vez trascendiéndola a través de una movimiento hétero-familiar que posibilite una segunda historia de la cual uno es genitor.

Para que esta salida hétero-familiar pueda concretarse se hace imprescindible la creación de un vínculo sexual exogámico que reconozca la alteridad deseante de un Otro como “cuerpo sexuado vincular” (Puget, 1997) y lo admita como objeto de su deseo, cuyo prerrequisito es que la integración subjetiva se haya llevado a cabo a buen punto, ya que es sólo luego de que se haya establecido cierto sentimiento de identidad subjetiva que puede darse una verdadera intimidad tanto con el otro sexo, como con otros individuos en general — y hasta con uno mismo (Erikson, 1959). En la constitución de la identidad sexuada de la adolescencia –por fuera del claustro familiar, y respetando la barrera del incesto– se juega un doble trabajo de historización (Puget, 1997), en el cual confluyen las identificaciones con las figuras parentales como objetos de amor propias de la infancia, con aquéllas novedosas que constituyen al nuevo sujeto con su historia individual en constante devenir, marcada por el vínculo exoerótico con un otro héterofamiliar. La permanencia identificatoria que sostiene este proceso de ligazón entre pasado, presente y futuro es garantizada por la constitución de un fondo de memoria (Aulagnier, 1991) gracias al cual el adolescente puede construir un «pasado como causa y fuente de su ser» (p.444), enraizado en el registro de las identificaciones que le «asignan al sujeto un lugar en el sistema de parentesco y en el orden genealógico» (p.443).

La Odisea es un poema épico griego compuesto por 24 cantos, atribuido al poeta griego Homero. Se estima que haya sido compuesta en el siglo VIII a. C., en los asentamientos que Grecia tenía en la costa oeste del Asia Menor (actual Turquía asiática). Narra la vuelta a casa del héroe griego Odiseo (Ulises en latín) tras la Guerra de Troya (narrada, a su vez, en la Ilíada). Además de haber estado diez años luchando lejos de su patria, Odiseo tarda otros diez años en regresar a la isla de Ítaca, donde poseía el título de rey. Durante este período su hijo Telémaco y su esposa Penélope han de tolerar en su palacio a la presencia insolente de los Pretendientes que buscan desposarla, al mismo tiempo que consumen los bienes de la familia. Los primeros cuatro cantos de la Odisea se conocen bajo el nombre de “Telemaquía”, centrándose en el viaje en búsqueda de noticias de su padre que emprende Telémaco a escondidas de su madre, acompañado por veinte compañeros, y por Méntor – hijo de Alcimio y amigo de Odiseo, quien, al dejar Ítaca, le encargó la responsabilidad de cuidar de su casa. Atenea asumió sus apariencias cuando acompañó Telémaco a Pilo. Al retorno de Odiseo, Méntor lo asistió en su contienda con los Pretendientes, y posibilitó una reconciliación entre éste y el pueblo. Es la figura que dio origen a la palabra mentor tal como se utiliza en el lenguaje común Cuando finalmente Odiseo vuelve a Ítaca se reapropia de su lugar de padre, cónyuge y rey, y reinstaura el orden masacrando a los Pretendientes.

En griego pater (πατήρ, de la raíz pa-: poseer, nutrir, comandar), significa padre. Patria o patris gaia no significa “mi tierra”, sino “tierra de los padres”. Cuando hablamos de patria, solemos olvidamos de lo que estamos diciendo. No así Telémaco (en una tierra sin padre), ni Ulises (padre sin tierra). Según una versión de la leyenda, Telémaco nació el día en que Ulises zarpó para tomar parte en la guerra de Troya y tuvo que esperar veinte años para verlo. Según otra versión, Telémaco nació antes de la partida del padre: cuando llegaron a Ítaca Menelao, Diómedes y Palámedes para convencer a Odiseo a irse a Troya junto con los demás reyes griegos, éste fingió estar loco. Los héroes fueron entonces a buscarlo en los campos, y cuando lo encontraron arando pusieron al pequeño Telémaco en pañales frente a los bueyes. Odiseo se vio obligado a parar para no matar al hijo, manifestando así su sanidad mental.

En los primeros cuatro cantos de la Odisea (llamada Telemaquía), Telémaco tiene veinte años y parte en búsqueda de su padre, siguiendo el consejo de Atenea, en las cortes de Menelao en Esparta, y de Néstor en Pilo. Descubierto que Odiseo se encuentra en la isla de Ogigia prisionero de la ninfa Calipso, decide volver a Ítaca. Pero ahí lo espera Antínoo, cabeza de los Pretendientes, que medita asesinarlo. Durante el viaje Telémaco es acompañado por Atenea, Diosa de la sabiduría, que asumió el aspecto de Méntor, su preceptor, al cual lo confió para el tiempo de su ausencia.  Contemporáneamente al retorno de Telémaco a Ítaca, también regresa su padre, gracias a la ayuda de Alcino, re de los Feicios, y de Atenea, bajo la semblanza de un viejo mendigo. En la cabaña del criado Eumeo, que acoge al rey sin reconocerlo, Odiseo se le manifiesta a Telémaco. Con la ayuda de su hijo y de dos sirvientes que le permanecieron fieles, Odiseo se revela en la prueba del arco y mata a los Pretendientes y a los familiares que a ellos se habían vendido.

Con su partida, Ulises le había dejado a su hijo cuanto de material un príncipe pueda desear: un palacio, riquezas, una madre ejemplar, amigos y aliados, la legitimidad del trono. Pero Telémaco sufre de una “falta de historia”, es huérfano del orden existencial, y para poderse insertar en él depende de la constitución de un fondo de memoria que le brinde el capital fantasmático (Aulagnier, 1997) y que le permita simbolizar su lugar en la sucesión generacional. En este primer momento el interrogante acerca de su posición en el hogar permeado por una sexualidad incestuosa (puberal) lo lleva a preguntarse sobre sus orígenes y a la consiguiente investigación histórica familiar (véase Grassi, 2010: 67-74) que lo movilizará, previa recomendación de la diosa Atenea, a emprender un viaje en búsqueda de noticias sobre su padre. Movilizado por la oposición contra lo incestuoso puberal representado por los Pretendientes –voraces, egocéntricos, guiados por el deseo de satisfacción inmediata, autoerótica, sin barreras morales, eternamente no-adultos, obstinados a conquistar la mujer y el hogar, sin la disponibilidad de organizar el sistema familiar y económico– el anhelo de Telémaco es el de apropiarse de su herencia para insertarse en el entramado cultural y generacional. Ese deseo será el puerto itacense desde el cual el adolescente Telémaco parte para cumplir su “condena a explorar” (Wasserman, 2005) y al cual volverá ya no niño, sino joven, luego de haberse aventurado por fuera de lo conocido familiar, en un “lugar extraterritorial iniciador de la exogamia” (Puget, 1997:49). Con su propia odisea Telémaco invoca así el regreso del padre, con cuyo deseo y regreso coincide y que al responder a ese pedido posibilitará la filiación simbólica a partir de la cual Telémaco podrá inscribirse en el entramado cultural e institucional incorporando, paralelamente pero manteniéndolas separadas, su filogenia (su “linaje”) y su ontogenia. Llamativamente el re-encuentro entre Telémaco y el padre se da recién en concomitancia con la vuelta de Telémaco a su patria: sólo se hace posible cuando concluye la Odisea del hijo y se entrama con la Odisea del padre.

La prueba con el arco (XXI, XXII) es el acto final de la confrontación entre los Pretendientes y el padre: representante del superyó, orden fundante y garante de la cultura mediante la sucesiva identificación transgeneracional con su autoridad (Freud, 1913). En ella, quien lograra tenderlo se apropiaría de todo lo que fue de Ulises: las riquezas, la posición de rey, Penélope como esposa. Los Pretendientes –como es esperable– fracasan. Telémaco lo intenta tres veces, y a la cuarta está por lograrlo. Desde lejos, el padre le hace signo que no. (XXI, 129). Si Telémaco hubiese ganado la competencia habría salvado a la madre y al palacio de los Pretendientes, pero lo habría hecho violando en última instancia la ley simbólica que Ulises vino a reinstalar, corrompiendo el orden genealógico e institucional — y además habría salvado a los Pretendientes de la muerte que se merecen. Los Pretendientes, que trepan hasta la cama de la reina y antojan el trono que no les pertenece, son el adversario interno que en la ausencia de una sólida voluntad (el “rey legítimo” de la jerarquía interior) destruyen cuanto de civilización ha sido acumulado, persiguiendo e imponiendo en su lugar la búsqueda de satisfacción inmediata, autoerótica, sin barreras que preserven los fundamentos culturales e institucionales, renegando la alteridad como otra subjetividad deseante.

Resulta interesante poner brevemente en relación las precondiciones y los respectivos desenlaces entre los mitos de Edipo Rey y la Odisea: en el primero, el abandono de Edipo por su progenitor refleja una falta de deseo de parte de Layo por ocupar el lugar de padre  –y por lo tanto de reconocer el de Edipo como hijo–, negando así la posibilidad de filiación simbólica. Ulises, al contrario, abandona su patria y su familia no por voluntad propia, sino por obligación, instalando y afirmando su deseo de paternidad. Si en el caso de Edipo la falta de deseo parental da lugar a la permanencia insistente de lo incestuoso puberal alojada en –y llamada en causa por– una corporalidad adulta, en aquél de Telémaco a pesar de la ausencia física del padre, el lugar de éste es mantenido vivo por el reconocimiento de su linaje por parte de Penélope y de Méntor. El reencuentro aparentemente casual entre las dos generaciones testimonia en realidad la incumbencia ineludible de una revisita de las figuras parentales de la niñez: el desemboque edípico en la infracción de los tabúes del incesto y del parricidio no hace sino poner de relieve la inevitabilidad de un renovado tránsito transformador por ciertos patrones relacionales y una renovada puesta en juego de la organización libidinal. Según la Telegonía, Telémaco se casó con Circe después de la muerte del padre. Según Aristóteles y Dito Cretiense, por otro lado, Telémaco se casó y tuvo un hijo llamado Persépolis o Ptoliporthus. Cabe notar que, contrariamente a Telémaco, tanto Edipo como Narciso no llevan a cabo el proceso de sexuación vincular exogámica.

El padre en la Odisea es el estreno en la mitología de un héroe plagado de conflictividad interna “entre mente y corazón”, que hace de la postergación de la satisfacción impulsiva su virtud principal – transmitida como parte de la herencia al hijo a través de la identificación con su superyó (Freud, 1933). Luego de conquistar a Troya emprende otra batalla, más ardua todavía y de igual duración, para instalarse en el lugar de padre, mantenido vivo in absentia por Penélope y Méntor, que había dejado vacío pero sin renegarlo nunca: en el seno de su familia entendida como historia propia, que sin él no podría ser, por fuera del tabú de las relaciones incestuosas intrafamiliares de la infancia, creando un rol y un contexto inherentemente exclusivos y a la vez enraizados –al igual que su cama matrimonial, literalmente entallada en un olivo que medra en un patio del palacio–en una herencia histórica que se extiende y se pierde en el mito de su origen.

Entendemos, entonces, que la adolescencia implica una reorganización del mundo interno a nivel simbólico, así como del modo relacional y de la sexualidad subyacente para instalarse en la matriz cultural e institucional de la sociedad. Se juega la producción subjetiva, el devenir yo vinculado con la asunción de un rol como herencia: la paternidad, posible como brote de una segunda historia – ni complementaria, ni disyuntiva, sino profundamente entretejida con la historia infantil y con el fondo de memoria del “linaje” familiar. La Odisea es un ejemplo de las vicisitudes que padece el trabajo de metabolización en la adolescencia y de cómo el doble trabajo de historización no termina nunca: de los cuentos épicos transmitidos de boca en boca hace tres milenios atrás, de generación en generación –de una con necesidad de re-organizar su pasado y su actualidad a la siguiente–, acudiendo al propio fondo de memoria, preservándolo como garante de una continuidad identitaria. Naciendo de la lira de un anciano poeta ciego del siglo VII a.C., transmitiéndose primero de boca en boca y luego en forma escrita por siglos tras siglos, atravesando la cocina de la vieja casa de mis abuelos en las montañas del Peloponeso, parando en el cuarto de mi infancia en Suiza, hasta llegar a este otro lado del mundo – mi atravesamiento por ella, sinónimo de mi descendencia, parecería haber sido siempre ineludible, innegable, inevitable. Todos provenimos de una Odisea, y desde el entramado con ella emprendemos la nuestra propia: una odisea hija que a su vuelta a nuestra Ítaca germina como conciencia de que uno se ha vuelto hijo y padre a la vez.

 

Bibliografía y referencias:

 

Aulagnier, P. (1991). Construir(se) un pasado. Revista de Psicoanálisis APdeBA. Vol XIII N° 3. Buenos Aires: APdeBA.

Erikson, E. H. (1959). Identity and the life cicle. New York: W. W. Norton.

______. (1968). Identity: Youth and crisis. New York: W. W. Norton.

Freud, S. (1978 [1905]). Tres ensayos para una teoría sexual. En: Obras Completas:Tomo I. Buenos Aires: Amorrortu.

_____. (1988 [1913]). Tótem y tabú. En: Obras Completas: Tomo XVII. Buenos Aires:             Amorrortu.

_____. (1984 [1917]). Duelo y Melancolía. En: Obras Completas:Tomo XIV. Buenos Aires: Amorrortu.

_____. (1978 [1933]). Conferencia 31. En: Obras Completas: Tomo XXII. Buenos Aires: Amorrortu.

Grassi, Adrián. (2010). Niñez y Adolescencia. Nuevos paradigmas, sus nombres y    escritura. En: Entre niños, adolescentes y funciones parentalesPsicoanálisis e Interdisciplina. Buenos Aires: Entreideas.

Graves, R. (1990). The Greek myths. Penguin.

Grimal, P. (2005). Dizionario di mitologia. Milano: Garzanti.

Homero. (2008). Odisea. Introducción de Pedro Henríquez Ureña. Traducción de Luis Segalá y Estalella. Buenos Aires: Losada.

Kavafis, C. P. (2007). Poesía completa. Madrid: Alianza.

Puget, J. (1997). Historización en la adolescencia. En: Cuadernos de A.P. de B. A. Nº 1. Depto de niñez y adolescencia. Buenos Aires: APdeBA.

Wasserman, M. (2005). Condenado a explorar. Buenos Aires: Noveduc.

Zoja, L. (2000). Il gesto di Ettore. Preistoria, storia, attualità e scomparsa del padre. Torino: Bollati Boringhieri editore.

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