Transferencia materna y técnica activa: “El odio en la contratransferencia” de Donald W. Winnicott

 

“Ocurre aquí como con los primeros pensamientos de Copérnico. Éste, viendo que no conseguía explicar los movimientos celestes si aceptaba que todo el ejército de estrellas giraba alrededor del espectador, probó si no obtendría mejores resultados haciendo girar al espectador y dejando las estrellas en reposo.”  

—Immanuel Kant, “Crítica de la razón pura”

“Así, el proceso analítico adquiere, a través de la consideración de la transferencia preedípica por mí destacada, cierto contenido y desarrollo circunscripto del que anteriormente carecía…Mi consideración y apreciación de la situación analítica [consiste] esencialmente en la contemplación y resolución de los estratos más profundos representados por el vínculo materno: para el paciente, la situación analítica es ante todo una situación materna.”

—Otto Rank (Technik der Psychoanalyse: Band I-III, 2007 [1926-31], pp. 5-6)

1. Introducción

En el presente escrito se procederá al análisis de un texto de Donald W. Winnicott (1896-1971), titulado El odio en la contratransferencia (1999 [1947]). Se empezará por enmarcarlo en el contexto histórico y teórico en el cual surge, de modo que se puedan apreciar sus contenidos en conexión con el pensamiento de la época. Luego se procederá a un brevísimo recorrido por algunos antecedentes teóricos atribuibles a Freud, Rank, y Ferenczi, para asentar la base de la subsiguiente discusión del texto.

2. Contexto

El artículo de Winnicott surge en el marco del fervor teórico del mundo psicoanalítico británico posterior al fallecimiento de Sigmund Freud, ocurrida en Londres en 1939. Huérfano de su padre fundador, el movimiento psicoanalítico dio origen a una variedad de distintas corrientes, cada una enfocada en diversos aspectos de la obra freudiana que considerara centrales: en Francia, Lacan ponía el énfasis en la primera parte de la obra de Freud, integrando perspectivas propias del estructuralismo y de la lingüística saussuriana; en Estados Unidos, Heinz Hartmann, junto a Ernest Kris y Rudolph Löwenstein, se propuso expandir las nociones más tardías de Freud que acentuaban el papel del yo, dando origen a la ego psychology [psicología del yo]. En Inglaterra, mientrastanto, se asistió a una división en dos bandos de la British Psychoanalytical Society: de un lado, los seguidores de Anna Freud, con su énfasis en el yo, los mecanismos de defensa, y el rol pedagógico del psicoanalista en la terapia con niños; del otro, la escuela de las relaciones objetales, encabezada por Melanie Klein, que retomó y desarrolló las ideas esbozadas por Freud y Ferenczi acerca del mundo interno como un sistema de relaciones entre representaciones de objetos introyectados (Ferenczi, 1980 [1909]). En este panorama, Winnicott se ubicó en el grupo llamado “independent” [independiente], o “middle group” [grupo del medio]. Sin tomar partido en las diatribas entre escuelas, se dejó influenciar por ambas, e intentó reconciliar los dos bandos que se peleaban por el derecho a  ser considerados los legítimos herederos de Freud. Mucho se ha escrito y especulado acerca de las identificaciones en juego entre Anna Freud y Melanie Klein en su lucha por el amor del padre—biológico en el caso de Anna, intelectual en el caso de Klein. El ambiente conflictivo y de gran competencia que caracterizaba la escena psicoanalítica de Londres tuvo sin duda un efecto estimulante para el desarrollo de ambas líneas teóricas, pero al precio de limitar el aprovechamiento posible de la síntesis de los valiosos aportes de ambas corrientes. El middle group —del cual Winnicott fue uno de los mayores exponentes junto a Ronald Fairbairn, Michael Balint, y John Bowlby, entre otros— se caracterizó por un pensamiento antidogmático, abierto al intercambio teórico, y caracterizado por una actitud más bien pragmática hacia la clínica, lejos de las intricadas teorizaciones en boga especialmente en la Europa continental. No por eso su pensamiento es menos profundo: a menudo la simpleza que distingue el estilo expositivo de Winnicott encierra conceptualizaciones que son el destilado de su enorme experiencia como pediatra, así como de su vasto bagaje teórico. El tema de la contratransferencia está entre los conceptos que más se asocian con el middle group, y el artículo de Winnicott en cuestión constituye uno de los primeros acercamientos a la temática, producto de un Winnicott en una etapa relativamente temprana de su original producción teórica, si se considera por ejemplo que su seminal artículo sobre objetos y fenómenos transicionales (Winnicott, 1971/1980b) fue publicado por primera vez en 1951. El tema del odio y de la contratransferencia seguirán estando presentes en su obra posterior, a menudo separadamente, y en un artículo de 1960 llamado Contratransferencia (Winnicott D. W., 1990 [1960]), en el cual reacciona ante la dilución de significado del término entre las múltiples teorizaciones al respecto. Expresará su deseo de acotar el significado del término ‘contratransferencia’ para volver a su definición freudiana original, proponiendo llamar “respuesta total del analista a las necesidades del paciente” el grupo de las respuestas emocionales que naturalmente surgen en el analista, “no como fruto de su patología o de sus conflictos reprimidos sino como manifestación de su espontaneidad…pregnantes en el análisis de pacientes con un falso self predominante” (Panceira Plot, 1997, p. 383).

3. Antecedentes: Freud, Rank, Ferenczi

i. Sigmund Freud

Si bien Freud se ocupó de la transferencia en muchas ocasiones, llegando a considerarla desde temprano como el componente esencial de la terapia psicoanalítica con pacientes neuróticos, sus reflexiones acerca de la contratransferencia en sentido estricto son más bien escasas. El término aparece por primera vez en una carta del 24 de junio de 1909 que le envía a su entonces discípulo Carl-Gustav Jung, quien venía de confesarle el affaire que tenía con su paciente Sabina Spielrein. Acerca de ello, Freud minimiza el daño de esas experiencias: “Pero el daño que producen no es duradero. Nos ayudan a desarrollar la piel gruesa que necesitamos y a dominar la ‘contratransferencia’, que después de todo, es un problema permanente para nosotros; nos enseñan a desplazar nuestros propios afectos en pro de un beneficio mayor. Son una bendición encubierta” (citado en Lieberman & Kramer, 2012, p. 28). El primer empleo del término en la obra de Freud es en Las perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica (2000 [1910]), donde la describe como “la influencia del enfermo sobre los sentimientos inconscientes del médico” (p. 126), afirmando que éste deberá reconocerla y dominarla [bewältigen], ya que los complejos y las resistencias internas del analista determinarán las limitaciones de su desempeño. Cinco años más tarde, en Observaciones sobre el amor de transferencia (2000 [1915]), vuelve sobre el tema para señalar que el analista debe reconocer que el enamoramiento en el médico por parte del paciente se da como resultado de la situación analítica y no está dirigido a la persona del médico en sí, sino a la figura que éste viene a representar en la cadena de identificaciones transferenciales. Satisfacer la demanda de amor del paciente, lejos de ser beneficioso, conllevaría el fracaso de la cura.

La noción de contratransferencia, apenas esbozada en los escritos citados, no recibirá por Freud ulterior atención en su obra. Eso no significa que no la tomara en cuenta: Rosenfeld (1992) observa que Freud, a pesar de definir su posición teórica con respecto a la contratransferencia en función de su objetivo de sostener su posición neutral en relación a episodios de pasaje al acto, y de abordar a la contratransferencia como un fenómeno perturbador, “en la práctica la usó adecuadamente. En el curso de los tratamientos, se valía de las emociones que los pacientes despertaban en él como valiosas guías para su reflexión” (p. 80). Como ejemplo de ello, Rosenfeld menciona las notas tomadas por Freud en el transcurso de su tratamiento del “Hombre de las ratas” (Freud, 2000 [1909]). Freud no abordó el tema de la contratransferencia en relación a pacientes psicóticos, y tampoco el del surgimiento del odio como sentimiento del analista para con el paciente, concentrándose en la psicopatología neurótica cuyo núcleo central consideraba ser el complejo de Edipo. Habría sido interesante conocer las reflexiones de Freud acerca de los intensos afectos despertados por los pacientes psicóticos y fronterizos en sus cuidadores, considerando que según Freud los psicóticos no pueden establecer una neurosis de transferencia, dada la retracción de la libido que los caracteriza. Pero ¿acaso cabe alguna duda de que lo que siente el analista es provocado por el estado mental del paciente psicótico? ¿Qué relación le habría asignado Freud a la correspondencia entre el vivenciar psíquico del analista y del paciente psicótico? Si se considerara pertinente llamar a las reacciones afectivas inconscientes del analista ante un paciente psicótico como “contratransferencia”, ¿ello no implicaría que de hecho hay una transferencia en juego, ante la cual el inconsciente del analista responde? Los sucesores de Freud—entre ellos Winnicott—intentaron dar respuesta a estos interrogantes, arribando a distintas definiciones, modelos teóricos, y recomendaciones técnicas.

ii. Otto Rank

Por muchos años entre los más estrechos colaboradores de Freud, Otto Rank fue entre los primeros psicoanalistas, junto a Ferenczi, en reconocer la suma importancia de la vida pre-edípica del infante, y especialmente en poner en relieve el papel de la temprana relación madre-hijo y los subsiguientes conflictos despertados por el esfuerzo de individuación del infante. Aun expresando sus ideas en un vocabulario a veces poco afín al registro médico, que delata su formación de filósofo—Rank es considerado como el primer psicoanalista “lego”—, logró una mirada penetrante y sumamente original en el acontecer psíquico inconsciente, y en la disciplina psicoanalítica en sí. Muy influenciado por el pensamiento existencialista alemán, se lo asocia comúnmente con su libro El trauma del nacimiento (Rank, 1998 [1924]), en el cual presenta la tesis que significará últimamente su ruptura con Freud. Aunque considerado hasta por muchos de sus seguidores como su producción más cuestionable, El trauma del nacimiento revela el germen de una noción que será retomada más adelante por la psicología del yo y la psicología del self, a saber, la idea que parte de la tarea analítica consiste en que el paciente pueda regredir en el análisis al punto de un trauma temprano, pre-edípico (aquí la diferencia con Freud y la afinidad con Winnicott), para re-vivenciarlo en la transferencia materna con el analista, y así logar la reedición correctiva de procesos de desarrollo psíquico interrumpido en la infancia a causa de una carente respuesta empática del cuidador. (Para una síntesis de referencia de la obra de Otto Rank, véase Menaker [1982]. Para un contraste entre los pensamientos de Winnicott, Rank, y Freud, véase Rudnytsky [1991/2009].)

iii. Sandor Ferenczi

Ferenczi es conocido por sus experimentaciones con la denominada “técnica activa”, en la cual el analista sale de su rol pasivo para instaurar una relación vincular empática con el paciente. Al igual que Winnicott, pone en relieve la importancia de la autenticidad de la experiencia analítica y se destaca en su esfuerzo por “incluir en el análisis, mediante una original utilización de la transferencia y la contratransferencia, los aspectos más arcaicos y fragmentados del psiquismo, acceso que le parece central en la comprensión y modificación de las patologías serias que [Ferenczi] trataba” (Boschán, 2011, p. 31).

4. Discusión de El odio en la contratransferencia

Tal como lo anuncia el título, en El odio en la contratransferencia, Winnicott aborda el tema del odio despertado en el analista durante el tratamiento de pacientes, en particular psicóticos. Empieza indicando que es inevitable que los cuidadores experimenten odio hacia ellos, y que cuanto más se concienticen de ello, menor va a ser la incidencia negativa de su respuesta emocional en su conducta hacia los pacientes. Procede a clasificar a la contratransferencia según tres tipos: 1) Como respuesta anormal del analista, consecuencia de sus propias representaciones y resistencias inconscientes; 2) Como coincidencia con ciertas identificaciones y experiencias personales del analista, que hacen su estilo personal y pueden ser usadas en el marco de la labor analítica; 3) Una contratransferencia “verdaderamente objetiva”, entendida como los sentimientos de amor y odio experimentados por el analista que se justifican por la observación objetiva y no son el resultado de la activación de representaciones inconscientes del analista. Lo que apunta a remarcar Winnicott con esta última categoría, es que no para todo sentimiento de odio despertado por el contacto con pacientes psicóticos debe buscarse un origen en el inconsciente, sino que el odio y el temor evocados por el contacto con pacientes graves puede constituir una reacción normal que no surge de conflictos patológicos del analista.

Una de las principales dificultades en el análisis con pacientes psicóticos es el estado de coincidencia entre amor y odio, consecuencia de un fallo ambiental en el momento de los primeros impulsos hacia la relación objetal. Para permitir que el psicótico logre llevar a cabo cierta discriminación entre los afectos, será indispensable que pueda reconocer sus afectos en el analista. Es por eso que el analista no debe negar el odio que siente, haciéndose cargo de ello y manteniéndolo presente para una eventual intervención, y que el analista debe estar disponible para sostener y contener la identificación proyectiva masiva de la cual es objeto, elaborándola ahí donde el psiquismo del paciente carece de recursos. Esa apelación a mecanismos mentales asociados con emociones primarias es lo que lleva a Winnicott a afirmar que “Para poder analizar pacientes psicóticos debemos haber llegado a lo más primitivo de nosotros mismos” (Winnicott, 1999 [1947], p. 274). Es importante tener en cuenta la diferenciación que hace Winnicott entre pacientes que contaron con un entorno que los proveyó de experiencias tempranas de sostén—los pacientes neuróticos ‘comunes’—; y los que se criaron sin poder acceder a tales experiencias más que de manera deficiente o deformada. En el caso de éstos últimos, “el analista debe ser la primera persona en la vida del paciente que aporte ciertos puntos esenciales de tipo ambiental” (p. 273), brindándole una ‘segunda oportunidad’ para la constitución del self y la estructuración del aparato psíquico. Winnicott sostiene que la posición en la cual se encuentra el analista en relación con un paciente grave es semejante a la de la madre en relación con su bebé, y señala que eso vale también para los sentimientos de odio que la madre de un niño pequeño inevitablemente experimenta respecto a ese bebé inmaduro que tanto le demanda, y tan poca gratitud le demuestra.

Esa predilección teórica de Winnicott por los estadios tempranos de dependencia a su vez podría ser reveladora de ciertas resistencias del propio Winnicott. Hirsch (2011), discutiendo los factores que pueden favorecer que el analista se deje llevar pasivamente por la contratransferencia, sugiere que uno de ellos puede ser la complementariedad entre la personalidad del paciente y del analista, arguyendo que “Winnicott prefería las relaciones en las que era bienvenida su forma pediátrica de proporcionar ‘cuidados maternales’, y tenía dificultades para adaptarse a pacientes que rechazaban su ‘contención’ y necesitaban una relación analítica que no se distanciara de la ira destructiva” (p. 185-6). Es cierto que, haciéndose eco de Rank, Winnicott refleja el entendimiento de la transferencia en su vertiente predominantemente materna —en contraste con Freud— como vehículo terapéutico para la reedición de la actividad de organización y estructuración psíquico-afectiva que ocurre entre la madre y el infante. Esa noción —llevada al punto de la exasperación por Rank, quien llega a proponer una terapia centrada en la reelaboración de las angustias fundantes del proprio acto de nacer— mucho tiene en común con lo que varios autores posteriores han llamado, respectivamente y con diferencias conceptuales, “mentalización” (Fonagy, Gergely, & Jurist, 2004; Killingmo, 2006) o “reverie” (Bion, 2006 [1962]), y con lo que Winnicott entiende cuando se refiere al amplio concepto de “holding” (Winnicott, 2007 [1960]).

Al mismo modo de una madre “suficientemente buena”, el analista en una situación de regresión a la dependencia temprana con su paciente deberá sobrellevar ese odio, sin actuarlo, mas admitiéndolo y haciéndoselo reconocible, en la forma y el momento adecuados, para que éste pueda encontrar en el analista la emoción que busca, pero de una forma acotada que no lo agobie a la manera de un objeto primario persecutorio y retaliativo que le devuelve sus propias identificaciones proyectivas sin elaboración. En suma, el paciente “tendrá que poder conectarse con sus fantasías destructivas y el analista sobrevivir a ellas” (Liberman & Abello Blanco, 2011, p. 146). La importancia que Winnicott le asigna a que el analista se percate de sus propias reacciones contratransferenciales radica, además que para prevenir su actuación, en que “el paciente solamente puede apreciar en el analista aquello que él mismo es capaz de sentir” (Winnicott, 1999 [1947], p. 272).

5. Conclusión

Al igual que Ferenczi, Winnicott reconoce la importancia crucial de la autenticidad afectiva del analista para con el paciente —y por ende, a partir de una autenticidad consigo mismo— para la eficacia terapéutica. El infante, podría decirse, debe aprender a odiar de un entorno que se lo enseñe. Primero, diferenciando amor de odio, y luego odiando de una forma que no lo amenace con la regresión al psiquismo fragmentado de los primeros instantes de vida extrauterina. Y cuando el entorno de la crianza falla en cumplir esa función, le corresponderá al analista efectuar esa construcción ‘en segunda vuelta’ en el vínculo transferencial materno propuesto por Rank, arraigado en la autenticidad del afecto y el reconocimiento mutuo de estados emocionales primitivos.

6. Bibliografía

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