Viernes Negro en París: Sobre lo Impensable del Totalitarismo Islámico y la Autorreferencialidad Occidental

Pasó, una vez más. Estaba hablando con mi familia por Skype, desmintiendo la existencia del océano por unos instantes, y comunicándole alegremente las buenas nuevas de mi último tramo de carrera universitaria. De repente mi mamá preguntó: “¿Y, vieron lo de Francia?”. No sabía de qué estaba hablando. Acto seguido abrí un portal francés de noticias, y ahí estaba la cruda realidad, como una patada en el estómago. Más de cuarenta muertos, toma de rehenes en curso, en un bar. No, en una sala de conciertos también. Sesenta muertos. Bombas, atentadores suicidas. Tres, no, seis. Tal vez siete. Cien muertos. Cientocuarenta. Cientocincuentayocho. Allahu akbar, Allah es el más grande. Eso gritaban los asaltantes, mientras ejecutaban a los civiles inocentes que habían decidido salir esa noche para disfrutar de un concierto de su banda favorita, y cuyo único pecado consistía en no aceptar que “Allah es el único Dios, y Mahoma es su profeta”. Nada más.

La noche siguiente casi ni pude dormir, me la pasé vomitando. “Es psicosomático”, dirían algunos; “comiste algo podrido” dirán otros, más biologicistas. Al fin y al cabo, no importa: a veces lo que experimenta el cuerpo coincide con lo que vivencia el alma, uno se aferra del otro, y así se intenta darle un sentido a lo siniestro hecho carne. De nuevo, como en ocasión del ataque contra los redactores de Charlie Hebdo a principio de año, se hizo largo esa sensación tan repugnante, a la vez sorpresiva y desagradablemente familiar desde hace tiempo. Su predictibilidad nunca le quita lo ominoso, nunca se vuelve controlable. Nos volvemos a encontrar. ¿Quién eres?

Identificarse con un otro alienado en una ideología totalitaria, supremacista, y genocida, tal vez sea imposible. Implica entretener el pensamiento de un otro que me quiere destruir—no por algo que hice, no por algo que pensé, sino por lo que soy. Un kuffar, un infiel. Hacerlo se siente como perverso, la deshumanización patente de los jihadistas para con los demás y ellos mismos resulta impensable. ¿Cómo identificarse con alguien tan tomado por la pulsión de muerte que repite, ad nauseam y con una claridad escalofriante, que ama la muerte así como nosotros amamos la vida? No importa si la proclamación viene de la dirigencia de Hamas (el gobierno de Gaza, para que se entienda—los “partners para la paz” de Israel), o en la forma de un video musical publicado por ISIS—en inglés, para que todo el mundo occidental se pueda enterar y nada se pierda en la traducción. En todos los casos, el mensaje es el mismo: el más profundo desprecio por la vida terrenal, por el propio cuerpo frágil, deperible, sucio y apestoso; y el odio por todo aquél quien, por no “creer en Alá ni en el último día” y por no someterse a su Ley, obstaculiza la venida del Reino de los Cielos:

“¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Alá ni en el último Día, ni prohíben lo que Alá y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!” (Corán 9:29).

Para que se entienda: es a nosotros que refiere Allah, el único y verdadero Dios, cuando le comunica a Mahoma en una de sus últimas revelaciones que debemos ser combatidos. Hasta que nos convirtamos al Islam, o que aceptemos un rol social de casi-esclavos llamados “dhimmi[1], el estatuto de todo judío y cristiano durante la tan idolatrada “época de oro” del Islam, a menudo descrita como un ejemplo de pluralismo y diversidad por apologistas de varia índole. También hay una tercera opción: la espada. Conviértete, sométete, o muérete. Tú, yo. Ésa es la palabra de Dios.

Tal vez capturado por el sentimiento de culpa debido a los totalitarismos a los que dio origen en el siglo pasado, Occidente prefiere negar la existencia del espectro totalitario enteramente. ¿Acaso el totalitarismo no se pegó un tiro en la sien en un bunker berlinense en abril de 1945? No, grupos y regímenes acomunados por una constante ideológica que se legitima desde un marco teológico hecho de términos absolutos y eternos, y que apuntan explícitamente al dominio mundial; organizaciones que decapitan a todo aquél que comete el pecado de pensar o de actuar de una manera no prevista por un código legal basado en la moral del desierto árabe del siglo VII d.C., que prevé una condena a muerte para todo aquél que ose criticar esa doctrina perfecta y sus líderes infalibles — nada tienen que ver con el totalitarismo. Son “diferencias culturales”, nos dicen. Hay que ser tolerantes.

Pero Occidente no quiere ver, no quiere saber, no quiere pensarse en ese lugar. Más fácil y menos angustiante es proyectar en el enemigo autodeclarado el propio mundo, y con una arrogancia descomunal que sólo una cultura que se cree eterna e invencible puede ostentar, atribuirle las motivaciones y la cosmología con las que más familiaridad se tiene, refutando y desestimando aquéllas que profesa el mismo enemigo, que a pesar de ello y tal vez por una no desestimable actitud condescendiente y paternalista, nunca es tomado en serio como tal. “Eso no es el Islam”, dictaminan personas que jamás vieron un Corán de cerca. “Es el imperialismo yanqui, es la guerrilla, el capitalismo. Es por Israel, los judíos, la época colonial”, sentencian otros que no pueden siquiera ubicar a Arabia Saudita en un mapa.

Aparentemente, no es necesario hacer el esfuerzo de conocer a otro tan radicalmente distinto. El etnocentrismo se basta a sí mismo, satura el horizonte de lo pensable, vuelve superflua toda pregunta. El hombre promedio, el “hombre-masa”, como lo llamó Ortega y Gasset (2006 [1937]), se siente ya lleno de todo conocimiento necesario:

“La persona se encuentra con un repertorio de ideas dentro de sí. Decide contentarse con ellas y considerarse intelectualmente completa. Al no echar de menos nada fuera de sí, se instala definitivamente en aquel repertorio… [A]l hombre mediocre de nuestros días, al nuevo Adán, no se le ocurre dudar de su propia plenitud. Su confianza en sí es, como de Adán, paradisíaca” .

Los ejemplos de semejante autocensura intelectual no se hicieron esperar—sea en la forma de teorías conspirativas inculpando a los judíos de lo sucedido, o con artículos de esa izquierda progresista biempensante y compulsivamente politically correct que en este caso optó por atribuirle la culpa nada menos que a la retórica de la emisora estadounidense FOX News. A veces el masoquismo cultural de Occidente no tiene límites, y lo que preocupa, parafraseando a Jean-François Revel, es que una civilización que se siente culpable por todo lo que es y hace, termina por carecer de la energía y la convicción para defenderse. Cabe preguntarse si alguno de esos faros morales se tomó alguna vez el trabajo de leer las publicaciones que ISIS tan generosamente reparte por el éter, en variedad de idiomas, para que todos puedan enterarse de su ideología, sus motivaciones, sus convicciones. Para que quien se interese por ello, pueda enterarse del argumento teológico detrás de su accionar y así reconocer que el problema de ISIS no es que no es suficientemente islámico, sino que lo es demasiado. Después de todo, el líder de ISIS, Abu Bakr al-Baghdadi, se doctoró en ciencias y jurisprudencia islámicas en la Universidad Islámica de Baghdad. Pero debe ser que su conocimiento del Islam nada puede contra las sentencias iluminadas del sinnúmero de opinólogos que desde los medios de comunicación masivos dicen lo que la gente quiere escuchar: aquí no hay nada para ver, sigan de largo. ISIS es una perversión, una aberración de una ideología que en realidad promueve el amor, la tolerancia, la paz.

Más cómodo es ubicar el origen de todos los males en los enemigos conocidos y probados, que girar la cabeza hacia un mundo enigmático e inentendible que es “otro” de la manera más radical, con respecto al cual somos mayoritariamente ciegos, sordos, y analfabetos. Menos angustiante es interpretar metáforas ahí donde hay pura literalidad, asumir preventivamente que lo que está escrito no es realmente lo que hay que leer, y que lo que dicen los musulmanes fundamentalistas no debe tomarse a la letra, sino de manera alegórica—por más que sus palabras y acciones reflejen lo contrario. Pero ser fundamentalista significa precisamente eso: someterse por completo a la rigidez de un texto, y esforzarse por hacer coincidir el mundo real con aquél del lenguaje. Es por eso que en todo debate teológico, los fundamentalistas siempre van a tener el texto de su parte, y con ello a Dios como garante supremo de sus acciones y pensamientos.

No es casual que los fenómenos del islamofascismo estén viviendo un auge en los últimos años: el mundo global, las masas cibernéticas, recaen en las mismas dinámicas de alienación de aquellas masas que idolatraban a los dictadores totalitarios que Ortega y Gasset veía aproximarse en el horizonte cuando en los años ’30 del siglo pasado escribió La rebelión de las masas. El sentimiento oceánico que elevaba las masas en una euforia compartida durante los rallies de Núremberg tiene su correlato actual en los foros virtuales de internet. La dinámica según la cual habría que entender el fenómeno jihadista, según una investigación de los Servicios de Inteligencia de Holanda (AIVD), no es aquélla de una horda, sino la del enjambre. A veces me pregunto si seré el único a quien le da escalofríos cuando un Líder Supremo considerado infalible, empujado por una ideología apocalíptica, incita abiertamente al genocidio, y por ello es una y otra vez ovacionado por masas de seguidores. Un Líder Supremo quien, con la pasiva complicidad de Occidente, avanza cada día más para obtener un arma nuclear. Para que vuelva el “doceavo Mahdi”, el portador de luz que va a traer justicia divina el día del Armagedón. Me gustaría poderlo hacer, pero no encuentro ninguna diferencia con otras reuniones multitudinarias de hace un tiempo atrás que le abrieron el paso al genocidio más atroz de la historia de la humanidad—aquella vez, en nombre de una supremacía no religiosa, sino racial. Otros odios genocidas no fueron ni raciales ni religiosos, sino de clase, pero la dinámica de fondo es siempre la misma: una ideología que afirma tener la llave para el paraíso, un líder carismático, un texto, la necesidad de un enemigo para culpar de que, irremediablemente, la promesa del paraíso no se cumple.

En Latinoamérica, la noticia de la serie de atentados logra a duras penas hacerse un lugar entre el análisis de una jugada y una cámara lenta para determinar si hubo offside o no. Europa es un lugar remoto. Oriente Medio, directamente es un lugar fantástico—una Narnia de sensuales bailarinas del vientre y valientes Che Guevara con turbante. Los medios locales, retomando con el usual retraso las noticias que se publican en los medios franceses y europeos, se apresuran para aclarar que “ISIS es el peor enemigo del Islam”, en un intento maníaco de exorcizar la coherencia ideológica de la organización que hizo de la reproducción del Islam original y más puro su causa primera. “Es cierto, el Islam tiene un mensaje de paz”, se afirma como si fuera algo sabido por todos, una obviedad que sólo neonazis intolerantes se atreverían a cuestionar. Sólo un ignorante, sin embargo, puede contentarse con los refranes repetidos en éste y otros artículos semejantes. Sólo quien no ha leído el Corán —con sus capítulos llamados, por ejemplo, “Los botines de guerra” (Sura 8), o con mandamientos divinos como “Matadles [a los infieles] donde deis con ellos” (2:191)—; sólo  quien ignora la jerarquía de los hadices para la exegesis islámica; sólo quien desconoce la existencia de un corpus biográfico de referencia en el cual se describen con flor de detalle las masacres, la esclavización y las violaciones llevados a cabo o sancionados por el Profeta, puede dejarse tomar por tonto de esa manera. Y cual navegador cómplice del hechizo del canto de las sirenas, agradece al pasar por haber encontrado, en la revalidación colectiva de los propios deseos elevados al lugar de verdad, el anhelado alivio a su ansiedad. Mejor ignorar lo que las fuentes primarias del Islam dicen de él mismo, y sustituirlo con lo que nos gustaría que dijeran. Ignorance is bliss, se dice en inglés—la ignorancia es felicidad. Y si los jihadistas degüellan y apedrean, pues sin duda se debe a su perversión del “mensaje real”, a un “error de interpretación” de su parte.

Pero la incómoda realidad es que no es ISIS el peor enemigo del Islam. El peor enemigo del Islam es el Islam mismo, esa ideología político-religiosa que tomó a una identidad social de rehén; que se presenta como divina, eterna, perfecta, completa, y cuya rigidez estructural le impide atravesar el iluminismo y entrar a la modernidad. El peor enemigo del Islam no es ISIS. Es la realidad, esa realidad blasfema que implacablemente humilla su mensaje grandioso, al refutarlo una y otra vez, confrontando a sus seguidores con la falta de correspondencia entre promesa y realidad, y con ello enfrentándolos a la impotencia de su dios, tan exigente y a la vez tan avaro de recompensas. Así da origen a un círculo sin fin de ambiciones aseguradas por un mandato divino, correspondidas por una humillante desilusión sin fin, a manos de ese mundo terco e impasible que se opone a la Ley de su Creador. Sólo queda una explicación posible: obra del Demonio. De los judíos, de los EEUU, de los musulmanes hipócritas, de los apóstatas. De los chiíes, de los sunitas, de los wahabitas, de los sufíes, de los alauítas, de los yazidis. De los seguidores de este o aquel Imam, quien no entendió el Mensaje de Dios de la manera correcta, o lo pone en práctica sin el suficiente rigor. Para crearse un enemigo no hace falta mucho: con que se lo imagine, ya es suficiente.

Los hechos del viernes proveyeron otro ejemplo más de cómo funciona el terrorismo: elección de víctimas al azar, el impacto emocional como objetivo, la búsqueda de una reacción política a partir de acciones cuyos números, en un contexto nacional, podrían hasta parecer irrelevantes. Pero Francia tuvo que hacer algo, y toda su población tuvo que compartir el terror. Toque de queda, cierre de fronteras, el ejército en las calles — un clima de guerra. Porque desde la declaración de guerra emitida por Osama Bin Laden en agosto de 1996, de guerra se trata, que Occidente lo quiera admitir o no. La desafortunada elección del término “guerra al terrorismo” por parte de la dirigencia de G. W. Bush mucho contribuyó a entorpecer las aguas, volviendo borrosa la interpretación de los acontecimientos globales de los últimos quince años. Declararle la guerra a un recurso táctico como lo es el terrorismo no puede sino llevar a ambigüedades y generalizaciones que limitan la comprensión y paralizan la acción. Mejor sería llamar a las cosas por su nombre, y referirse al esfuerzo emprendido incansablemente por los puristas islámicos que pretenden destruir a Occidente e imponer la Ley de Allah sobre toda la humanidad, con el mismo nombre con el que lo llaman ellos y que permite reconocer y nombrar su constante fundamental: jihad. Guerra santa y total para la propagación del Islam.

Que uno de los recursos privilegiados para avanzar con ese fin sea el terror, no es sino la obediencia al pragmatismo que caracteriza el concepto coránico de la guerra:

“Infundiré el terror en los corazones de quienes no crean. ¡Cortadles el cuello, pegadles en todos los dedos!” (Corán 8:12).

“El Apóstol de Alá dijo: ‘He sido enviado con las expresiones más cortas teniendo los significados más amplios, y se me ha hecho victorioso con el terror (fundido en los corazones de los enemigos)’” (Sahih Bukhari 4:52:220).

Como ya había sido el caso con el ataque contra la redacción de Charlie Hebdo, o anteriormente con el caso de las viñetas satíricas del diario danés Jylland-Posten en 2003-4, o con la publicación de la novela de Salman Rushdie, Los versos satánicos en 1988, el impacto del terrorismo como recurso táctico de la jihad global no se mide en número de muertos, ni de bienes destruidos. Porque el ataque no es contra las personas, sino contra la totalidad del edificio simbólico-cultural que sostiene un sistema de vida y de valores. Los cuerpos destrozados no son sino vehículos para atentar contra el constructo social en su dimensión más íntima y primordial. Y así, las editoras occidentales empezaron a pensarlo dos veces antes de publicar material que podría ofender al Ayatollah Khomeini, por miedo a incurrir en una fatwa que dictamine la condena a muerte del autor del material blasfemo, y de todo aquél involucrado en su publicación. De Europa a Estados Unidos, en 2003-4 los diarios prefirieron no reproducir las viñetas satíricas que osaron representar a Mahoma, el hombre más perfecto que jamás pisó la tierra, cuya refiguración, al no rendirle justicia a la belleza del Profeta, no puede sino constituir un insulto. Y a raíz del atentado que sufrió, hasta el irreverente Charlie Hebdo decidió no publicar más caricaturas de Mahoma, y dejar de “ofender al Islam”. Porque eso se repiten a sí mismos, para conservar la ilusión de algo de dignidad: que la decisión de complacer a los islamistas es fruto de nuestros valores de tolerancia y respeto por las culturas ajenas, que nosotros al odio homicida hemos de responder con los brazos abiertos. Cual buenos cristianos, dar la otra mejilla y amar a nuestro enemigo. Porque los Beatles ya lo dijeron: el amor todo lo puede.

Pocos, casi ninguno, quieren admitir que su autocensura es por miedo, pura y simplemente. Yo también tendría miedo. De hecho, lo tengo. Capaz no por mi vida, pero sí que Occidente, paralizado en su political correctness compulsiva, siga postrándose ante la amenaza islámica, beneficiada como lo está de esa alianza delirante entre izquierda regresiva e islamofascismo. Nada une más que un enemigo común, y el núcleo totalitario del marxismo, ese impulso purificatorio que profetizó el advenimiento del “hombre nuevo” una vez que la clase obrera se levantara al unísono contra la maldita burguesía, encuentra su aliado en las miras apocalípticas y antioccidentales de los teócratas islámicos. Tal vez la izquierda se ilusione con que la profecía fracasada del marxismo pueda finalmente realizarse a través del Islam. Poco importa que más allá de la utopía apocalíptica que comparten, sean lo más inconciliable que se pueda imaginar: la izquierda atea y ultraprogresista por un lado, y una ideología religioso-política, misógina, homófoba, paternalista, y autoritaria, por el otro. El grado de disonancia cognitiva implicado en el mantenimiento de estos frentes ideológicos antitéticos bajo un mismo sombrero conciliador no puede no resultar deslumbrante.  Vistos desde la izquierda, los árabes y los musulmanes en general son una manifestación del levantamiento espontáneo del proletariado profetizado por Marx y nunca advenido; pueblos oprimidos por el sistema capitalista que intentan rebelarse al yugo del imperialismo yanqui. Raramente un “análisis” que aborda la cuestión del invierno islamista que le sucedió a la tragicómicamente llamada “primavera árabe” va más allá de esa postura estática, inamovible. Es difícil hasta encontrar matices de ese argumento, al punto que se repite ya como un axioma, como el supuesto básico de toda línea interpretativa moralmente admisible.

Tengo miedo de que el terror islamista, con la paciencia que sólo las ideologías con aspiraciones eternas y absolutas pueden tener, siga ganando la batalla contra Occidente, más por la inconsciencia masoquista de ésta que por la eficacia de aquél. Y con ello no me refiero a los valores vulgares con los que más de uno en Europa sabotea un argumento fuerte y sólido argumentando en pos de la defensa de valores völkisch y populistas como “los valores germánicos”, o “la tradición italiana”. Porque lo que está en juego es infinitamente más que eso, y a mí personalmente no podría importarme menos de ciertas comidas típicas, cancioncitas populares, y fechas patria. Lo que está en juego es el resultado de más de 2500 años de esfuerzo intelectual, la cumbre de la historia del debate abierto de ideas que culminó en la sociedad democrática que hemos llegado a aprehender omnipotentemente como el orden natural de las cosas, como la expresión más simple y directa del ser humano y su organización social inherente. De tanta abundancia e inmediatez desestimamos la Kulturarbeit que al precio de millones de vidas hizo posible el iluminismo, el secularismo, la separación de religión y Estado, la democracia, la sociedad abierta, la declaración Universal de los Derechos Humanos, los derechos de la mujer, de los niños, de los homosexuales. Libertad de prensa, de opinión – de religión. La posición de al-Baghdadi al respecto es inequívoca:

“Que el mundo sepa que hoy estamos viviendo una nueva era. Quien no prestaba atención debe estar alerta. Quienes dormían, deben despertar. Quienes estaban estupefactos y sorprendidos, deben comprender. Los musulmanes hoy tienen una proclamación fuerte y tremenda, y calzan botas pesadas. Tienen una proclamación que hará que el mundo escuche y entienda el significado de terrorismo, y botas que pisotearán el ídolo del nacionalismo, destruirán el ídolo de la democracia, y revelarán su naturaleza corrupta”

(Abu Bakr al-Baghdadi, 1 julio 2014).

Esa proclamación del líder de Estado Islámico se publicó el año pasado en ocasión del anuncio de la creación del califato, y no hace sino hacerse eco de una larga línea de pensamiento antidemocrático que encuentra sus orígenes modernos en las ideas de los Hermanos Musulmanes, la gran madre de toda organización jihadista sunita de los siglos XX y XXI, fundada en Egipto por Hassan al-Banna en 1928. Por cierto, no se puede reprocharle no haber hecho todo lo posible para cumplir con su promesa.

Empapados de pluralismo homogeneizador y valores democráticos nos olvidamos de lo reciente que es ese logro extraordinario e inédito de la humanidad, y sobre todo no queremos admitir su fragilidad, ni podemos dejar de sentirnos culpables por el inigualable privilegio de formar parte de él. Y así en Europa se lo cede, de a pedazos, cual mercancía en el bazar de las tratativas entre Occidente e Islam, entre iluminismo posmoderno y oscurantismo medieval: cortes civiles con un sistema legal paralelo en Inglaterra, comida halal en hospitales daneses, la consideración del “contexto cultural” como atenuante a la hora de juzgar los homicidios de honor en Alemania. Después de todo, no queremos ofender. Autocensura de los medios, policías que se quedan mirando y no intervienen cuando multitudes de adolescentes musulmanes queman autos y destrozan calles en Suecia — porque, dicen, eso traería consecuencias negativas. Redes de pedófilos musulmanes en Inglaterra de las que todos sabían pero a las que nadie se animó denunciar, por miedo a incurrir en el reproche de xenofobia por parte de las masas y las élites políticamente correctas. Porque la pedofilia podrá ser mala, pero ser tildado de “islamófobo,” hay que entender, es mucho peor. Matrimonios forzados entre niñas y hombres mayores, no en Yemen, sino en Noruega. Marchas multitudinarias de simpatizantes del Estado Islámico en Dinamarca, y la policía escoltando diligentemente la procesión. Porque, después de todo, estamos en democracia.

El último episodio en París no va a ser más que otra vuelta de tuerca para que la gente tenga miedo y recurra a identificarse con el agresor, en un intento de apaciguarlo, complacerlo, calmarlo. Ésa es la mayor enseñanza que saca el brigadier paquistaní S. K. Malik en su libro El concepto coránico de la guerra (1979), considerado por varios estudiosos como uno de los libros clave del jihadismo moderno: la vía para vencer al enemigo es a través de su corazón y de su mente, donde el terror debe gobernar su voluntad al punto de convertirlo en partícipe activo de su derrota.

“[Los infieles] creían que sus fortalezas iban a protegerles contra Alá. Pero Alá les sorprendió por donde menos lo esperaban. Sembró el terror en sus corazones y demolieron sus casas con sus propias manos y con la ayuda de los creyentes. Los que tengáis ojos ¡escarmentad!” (Corán 59:2).

Las puertas de Viena no deben ser abatidas con la fuerza desde el exterior, sino que sus habitantes deben abrirlas desde adentro, por su propia volición. Su dimensión psicológica, ése es el genio estratégico del concepto coránico de la guerra.

La noche del viernes, mientras los franceses no podían salir de sus casas y los servicios de emergencia se hacían cargo de los cuerpos sin vida que llenaban el Bataclan, me tocó hacer un viaje en taxi. Por la radio se escuchaban encendidas discusiones sobre el inminente partido Brasil-Argentina. Curioso por conocer su opinión al respecto, y tal vez por mi propia necesidad de hablar con alguien, me dirigí al taxista y le pregunté lo mismo que mi mamá: ¿vio lo de París? “Terrible, terrible”, me contestó el chofer, un hombre de unos sesenta años, moderadamente sobrepeso y de bigote blanco. Y siguió con un extenso soliloquio durante el cual procedió a educarme sobre lo que pasa realmente en el mundo: son los malditos Estados Unidos, los “mayores asesinos de la historia”. Son los judíos, que matan palestinos sin razón, todos los días. “Niños, mujeres, no les importa nada”. La crisis económica en Grecia, la crisis argentina, toda culpa de los yanquis y los judíos que controlan al mundo. La guerra en Siria, en Irán (sic.), las miserias de África. Él, me dice con un extraño orgullo, no terminó ni tercer grado, es semianalfabeto. Pero hasta él entiende esas cosas. Y no, no hay que ser economistas para entender algo de la crisis griega: con saber que la culpa es de los judíos, alcanza. El atentado de París probablemente sea una operación de falsa bandera, obra de la CIA y el Mossad — como siempre. Así los EEUU pueden tener una excusa “para quedarse con todo el petróleo”. Yo, consciente de la futilidad de ponerme a argumentar, hago algún comentario imparcial y lo sigo escuchando desde el asiento trasero, interrogándome sobre las posibles razones detrás de ese ejemplo paradigmático de actitud rencorosa y conspirativa que, lejos de ser un fenómeno marginal, es endémica en el imaginario colectivo de nuestra sociedad de masas.

Como en el caso de mi amigo chofer, la mente occidental piensa en términos de demandas satisfacibles, de compromisos, de intereses. Debe ser una cuestión relacionada con el PIL, el mercado de capitales, los recursos naturales, la política externa de este o aquel país. Así el otro se vuelve medible, sus ideas se traducen en nuestros términos, adquieren una razón. Que pueda haber un sistema de valores basado en nociones de lo absoluto, de eternidad y trascendencia, de profecías y mandatos divinos, de un paraíso lleno de vírgenes y un infierno de fuego y tormentos, Occidente ya no lo puede mentalizar. Occidente mató a dios, y con ello se convenció de haberlo matado para todos, y para todos los tiempos. Pero ya lo advirtió Nietzsche: “Dios ha muerto, pero los hombres son de tal naturaleza que, tal vez durante milenios, habrá cuevas donde seguirá proyectándose su sombra. Y respecto a nosotros…¡habremos de vencer también a su sombra!”. La jihad que se empezó a globalizar con la Revolución Iraní de 1979 es un trágico y amenazador recordatorio de ese desafío. Otra advertencia más cercana a nuestros días viene de Jean-François Rével, quien reconoció el derrotismo inherente a la naturaleza de las democracias occidentales:

“La democracia tiende a ignorar, hasta a desmentir, las amenazas a su existencia porque aborrece hacer lo necesario para oponerse a ellas. Despierta sólo cuando el peligro se vuelve mortal, inminente, evidente. Para entonces, o queda demasiado poco tiempo para que pueda salvarse, o el precio de su supervivencia se volvió terriblemente alto” (Revel, 1983, p.4).

El precio ya se volvió terriblemente alto. Sólo podemos esperar que todavía quede tiempo.

 

Referencias:

El Noble Corán. (2004). (A. G. Melara Navio, Trans.) Medina: Complejo del rey Fahd.

Nietzsche, F. (1967 [1882]). La gaya ciencia. Madrid: Edaf.

Ortega y Gasset, José. (2006 [1937]). La Rebelión de las Masas. Madrid: Espasa Calpe.

Revel, J.-F. (1983). How Democracies Perish. New York: Doubleday & Co.

[1] Para más información sobre la dhimmitud, véase: Ye’or, Bat. (2013). Understanding Dhimmitude: Twenty-one Lectures and Talks on the Position of Non-Muslims in Islamic Societies. New York: RVP Press.

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One comment

  1. Daniel · · Reply

    impresionante

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