Rapidito coránico: Naskh, la doctrina de la abrogación

La estructura del Corán es compleja: no está escrito según el orden cronológico de las revelaciones recibidas por Mahoma, y además su mensaje es a menudo opaco y lleno de contradicciones. En líneas generales, las revelaciones de Mahoma se pueden dividir en dos grupos, según la época en que las recibió: el primero, de la época entre 610-622 d.C., cuando Mahoma predica su mensaje religioso en Meca; y el segundo, cuando Mahoma y sus seguidores emigran a la ciudad de Medina y a partir de ahí se constituyen como entidad política e inician su expansión militar, que sigue hasta la muerte de Mahoma en el año 632 d.C. y que fue continuada por quienes le siguieron al mando de la Ummah, la comunidad islámica. Se habla entonces de aleyas (“versículos”) mequíes, relativas a la primera época de la carrera profética de Mahoma, y de aleyas  medinenses, relativas a la segunda.

La resolución de la discordancia entre mandatos contradictorios se basa en la doctrina conocida como naskh, por la cual una aleya revelada posteriormente abroga—es decir: suplanta, reemplaza—a otra anterior en desacuerdo con ésta. La necesidad para ese código de lectura proviene de la diatriba constante de Mahoma con los habitantes de Meca, quienes se burlaban de él por ofrecer revelaciones contradictorias entre sí. Las contradicciones de Mahoma se hicieron patentes en particular en relación con los llamados “versos satánicos”: en un intento de incrementar el número de sus seguidores, que durante la época mequí fue siempre muy escaso, Mahoma anunció una revelación que permitía rezarle a algunas divinidades en las que creían los politeístas de Meca. Eso contradecía tajantemente la única constante de su mensaje hasta aquel punto, a saber, la existencia de un Dios único. Movido por las críticas terminó por retractarse, y atribuyó el desvío de su mensaje a una influencia satánica que interfirió en su nexo profético con Dios. En respuesta a las críticas de los mequíes, Mahoma anuncia la siguiente revelación para justificar el vaivén de sus mandatos:

“No hay signo que suprimamos o hagamos olvidar sin traer en su lugar algo similar o mejor. ¿Acaso no sabes que Allah es Poderoso sobre todas las cosas?” (Corán 2:106).

Ante su propia incoherencia, entonces, el Corán provee una lógica para su interpretación: una revelación se suprime si en su lugar viene otra, que va a ser necesariamente o parecida, o mejor que la anterior a la que contradice. Es por esa clave de lectura, por ejemplo, que les es prohibido a los musulmanes beber alcohol, puesto que en el Corán se encuentran pasajes que permiten el consumo de bebidas alcohólicas (2:219; 4:43), que lo ensalzan (47:15), seguidos por otros que lo prohíben (5:90-91). Muchos asuntos prácticos se rigen sobre la doctrina de abrogación: el ayuno, la herencia, el permiso para la guerra, el adulterio, el número de esposas que le era permitido tener a Mahoma, entre otros.

La relevancia de la doctrina de la abrogación no es menor y afecta directamente a los no-musulmanes, puesto que es crucial en cuanto a lo que concierne las relaciones que prescribe el Corán para las relaciones entre musulmanes e infieles, particularmente a partir de lo explicitado en la sura IX, llamada La Retractación [at-Tawba], que fue una de las últimas revelaciones de Mahoma, y la última con contenido doctrinario.  Parte de ella es la aleya “ayatus-saif”, o “aleya de la espada”:

“Y  cuando hayan pasado los meses inviolables, matad a los asociadores donde quiera que los halléis. Capturadlos, sitiadlos y tendedles toda clase de emboscadas; pero si se retractan, establecen el salat y entregan el zakat, dejad que sigan su camino. Verdaderamente Allah es Perdonador, Compasivo” (Corán 9:5).

En el comentario coránico de la edición aprobada por el ‘Ministerio de Asuntos Islámicos, Habices, Propagación  Orientación del Reino de Arabia Saudita’, la aleya ayatus-saif termina con un asterisco que remite a la siguiente aclaración: “Esta es la aleya conocida con el nombre de ‘ayatus-saif’ (aleya de la espada) que abroga todas las disposiciones anteriores concernientes a las relaciones con los no musulmanes” (el destacado es mío). Es decir: la disposición de esta sura, de matar a los infieles donde sea que se encuentren; de capturarlos, sitiarlos y tenderles emboscadas, hasta que se sometan al dominio islámico y lo hagan manifiesto pagando un impuesto particular, reemplaza a los llamados medinenses que predicaban la tolerancia para con los no-musulmanes.

Podría hacerse un amplio recorrido por las muchas intimaciones a la violencia contra los infieles que hay diseminadas en el Corán, que por lo visto concuerdan con el criterio propiciado por la guía de esta sura y sobreseen a las reveladas anteriormente, de tono más conciliador. Valgan como ejemplo sólo algunas pocas:

“Combatid contra aquéllos, de los que recibieron el Libro [judíos y cristianos], que no crean en Allah ni en el Último Día, no hagan ilícito lo que Allah y su mensajero han hecho ilícito y no sigan la verdadera práctica de Adoración; hasta que paguen la yizia [el impuesto que han de pagar los judíos y cristianos que viven bajo dominio islámico] con sumisión y aceptando estar por debajo [en condición de dhimmi, o sea ciudadano de categoría inferior con derechos limitados]” (Corán 9:29).

El Corán también regula la posibilidad de relación amistosa entre musulmanes, y la “gente del Libro”, es decir, judíos y cristianos:

“¡Vosotros que creéis! No toméis por amigos aliados a los judíos ni a los cristianos; unos son amigos aliados de otros. Quien de vosotros los tome por amigos aliados será uno de ellos. Es cierto que Allah no guía a los injustos” (Corán 5:51).

En esta aleya, Allah le prohíbe taxativamente a los musulmanes amigarse con judíos y cristianos. En otros lugares del Corán y a partir de varios hadices se explicitan excepciones en las que los musulmanes pueden integrarse hasta cierto punto con no-musulmanes, pero sólo en situaciones en las que un musulmán esté viviendo en una tierra que no esté gobernada por la ley islámica, y por lo tanto no detenga el poder suficiente para dictar ley. Y en ese caso, también, la amistad sólo debe llevarse adelante con reservas, por razones de necesidad, y teniendo constantemente presente la diferenciación maniquea entre “ellos” y “nosotros”, así como la superioridad inherente del Islam por sobre las demás religiones y los demás sistemas de organización político-social.

Por último, en el Corán se encuentra también el fundamento por el recurso al terror como recurso táctico en el conflicto con los infieles:

“Cuando tu Señor inspiró a los ángeles: Estoy con vosotros, dad firmeza a los que creen; Yo arrojaré el terror en los corazones de los que no creen. Por lo tanto golpead las nucas y golpeadles en los dedos. Eso es porque se han opuesto a Allah y a Su mensajero. Y quien se opone a Allah y a Su mensajero… Es cierto que Allah es Fuerte castigando” (Corán 8:12-13).

Esta intimación remite a la decapitación y a la amputación de las yemas de los dedos para los infieles, y también se ve sancionada por la sura 9:5. Demás está decir cómo ello es puesto en práctica por las organizaciones salafistas a lo largo del mundo islámico, que toman la adhesión al texto de forma literal.

En conclusión, el Corán mismo provee la clave para ser leído, y como resultado de ello se obtiene que el mensaje moderado—propio de la época en la cual Mahoma vivía en Meca, cuando intentaba condensar judaísmo y cristianismo para convencer a los mequíes de que lo reconocieran como profeta—es abrogado por la faceta islámica que refleja la época medinense, caracterizada por la expansión militar y la respuesta violenta de Mahoma ante la negativa de los mequíes de acceder a su pretensión profética.

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