Rapidito coránico: ¿quien matara a alguien, sería como haber matado a la humanidad entera?

Hay un pasaje del Corán que apologistas más o menos ignorantes y más o menos insinceros parafrasean a ultranza, cual mantra o fórmula mágica que pretende constituir la prueba concluyente para demostrar que el Corán, contrariamente a lo que predican los fundamentalistas, prohíbe matar, y que el Islam es esencialmente una religión de paz: “quien matara a otro, sería como haber matado a la humanidad entera”. ¿Cuántas veces hemos escuchado ese refrán de la boca de presidentes, primeros ministros, periodistas, comentaristas radiales y televisivos, u hombres de la calle?

La acusación que se le dirige a menudo a quienes reconocen en el Corán un mensaje de violencia, es que “sacan de contexto” las aleyas sobre las que se basan para sostener su posición. Esa imputación sin embargo es un arma de doble filo, porque quienes buscan presentar al Corán como una doctrina pacífica no están inmunes al peligro de desvirtuar el significado de un pasaje tomándolo fuera de su contexto. Se trata esencialmente de dos maneras distintas de leer un texto: por un lado la exégesis, que implica la interpretación crítica de un texto a partir del cual el lector extrae el significado; y del otro la isogesis, por medio de la cual el lector introduce las propias motivaciones y preconceptos en una porción de texto.

En su totalidad, el pasaje en cuestión expresa lo siguiente:

“Por esto les decretamos a los hijos de Israel que quien matara a alguien, sin ser a cambio de otro o por haber corrompido en la tierra sería como haber matado a la humanidad entera. Y quien le hiciera vivir, sería como hacer vivir a la humanidad entera. Y así fue como les llegaron Nuestros mensajeros con las pruebas claras y sin embargo, después, y a pesar de esto, muchos de ellos se excedieron en la tierra” (Corán 5:32).

¿Qué dice, entonces, Corán 5:32? Antes que nada, hay que aclarar a quién está dirigido. ¿Para quién vale su contenido, para quién rige el decreto que enuncia? Lo dice claramente: para “los hijos de Israel”—eso es, los judíos. Lo que sigue es un reproche que Mahoma le dirige a sus interlocutores, los judíos, mediante el cual les recrimina no estar siguiendo los preceptos de su religión, ya que el Talmud judío dictamina que “Quien mata a un solo ser humano es como si matara a toda la humanidad” (Talmud Sanedrín 37ª). En la última parte de la sura en cuestión, Mahoma quiere reiterar su legitimidad como último profeta en la línea de los profetas monoteístas como Moisés y Jesús, argumentando que su venida se hizo necesaria porque judíos y cristianos, si bien recibieron las reglas divinas sobre cómo vivir la vida y cómo alabar a Dios, terminaron por salirse del camino recto. Mahoma, entonces, vendría a corregir el desvío sufrido por quienes, como él, habían reconocido la unicidad de Dios y se sometieron a él.

Hasta este punto—si bien la narrativa de que el Islam prohíbe matar no se sostiene, ya que la prohibición de matar está dirigida a los judíos—podría admitirse que el mensaje de paz no se anula, sino que simplemente se relativiza. Lo interesante, sin embargo, es cómo sigue el Corán en la aleya inmediatamente sucesiva a la arriba mencionada:

“El pago para los que hagan la guerra a Allah y a Su Mensajero y se dediquen a corromper en la tierra, será la muerte o la crucifixión o que se les corte la mano y el pie contrario o que se les expulse del país. Esto es para ellos una afrenta en esta vida, pero en la Última tendrán un inmenso castigo” (Corán 5:33).

El mensaje cambia radicalmente. Si para los judíos está prohibido matar, la pena prevista para quienes desobedecen a los mandatos del Islam y se rehúsen a sometérsele —eso es lo que significa “hacerle la guerra a Allah y a su Mensajero” y “corromper en la tierra”— es “la muerte o la crucifixión o que se les corte la mano y el pie contrario o que se les expulse del país”, lo cual es exactamente lo que hacen los grupos salafistas como ISIS, Jabhat al-Nusra, Boko Haram, y afines. Lo dictamina Allah, y su prescripción está cincelada, cual Palabra perfecta, eterna e inalterable, en el Corán que reúne la última y definitiva revelación de Dios a la humanidad. Pero es necesario seguir leyendo unas líneas por debajo de una frase que a primera vista nos resulta agradable y satifactoria, nada más porque responde a nuestros deseos y preconceptos.

La manipulación del texto, el pecado de la isogesis, no es una exclusividad de quienes nos dicen algo que quisiéramos que no fuera así. Quienes participan en levantar una cortina de humo ante el mensaje de violencia del Corán pueden recaer en dos categorías: los que desconocen el Corán por completo y eligen creer a priori y sin fundamento que su mensaje es pacífico; y los que están al tanto de su contenido y eligen tergiversar su mensaje en beneficio de su agenda. Los primeros pecan de ignorancia y pereza, aunque en buena fe. Los segundos, de malicia y deshonestidad.

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