LUPUS DEMOCRATIAE: LA AUTOCRÍTICA COMO ENFERMEDAD AUTOINMUNE DE LA DEMOCRACIA

 

La particularidad de la democracia liberal radica en el hecho de ser una “sociedad abierta”[1], eso es, un sistema de organización política en el cual está garantizada la posibilidad de cambiar los vértices del poder sin recurrir a la violencia. Consiste en un sistema que intenta de la mayor manera posible neutralizar la voluntad de poder absoluto de los individuos, brindando un sistema institucional supraindividual que resista a las ambiciones totalitarias del pequeño caudillo que todos llevamos por dentro.

La democracia liberal garantiza que en su seno prospere el disenso: Thanatos es mantenido vivo por Eros, así como el escorpión es mantenido vivo por la rana en el cuento de Esopo. Fiel a su naturaleza, Eros brinda la vida, y lo hace hasta con la muerte misma. El fardo de pulsión de muerte inherente a todo individuo es desplazado a todo sistema cultural y de organización social, salvaguardado por las mismas libertades de las que se compone. Se trata del núcleo totalitario de la democracia, del cual ésta se defiende a la vez que acude a él para proveerse de la agresión necesaria para oponérsele y así mantener el equilibrio homeostático entre autoridad y contestación. La garantía del disenso intestino está en una delicadísima relación con la solidez de las instituciones democráticas. La autocrítica es un rasgo imprescindible para su existencia y al mismo tiempo su talón de Aquiles, potencialmente fatal.

La contestación radical fue el rasgo principal de la Revolución del ’68, y fue en ese contexto que los psicoanalistas franceses Janine Chasseguet-Smirgel y Béla Grunberger se vieron movidos a escribir un libro que intentara explicar qué era lo que se celaba debajo de sus manifestaciones. Reconocieron en la ideología que impulsó el Mayo Francés la expresión de mociones pulsionales preedípicas que buscaban su satisfacción vía el principio de placer, en desmedro del principio de realidad, consecuencia de la aceptación de la castración y de la declinación del complejo de Edipo. En oposición a las ideologías promotoras de ilusión describen entonces a la democracia liberal como una “ideología de adultos, donde cada cual es su propio juez, donde ‘la libertad de cada cual termina donde empieza la libertad ajena'”[2]. Ya entonces reconocieron como la autorrepresión democrática podía ser otro nombre para su fragilidad:

“El abismo que separa el carácter ‘adulto’ de la ideología propia de la democracia liberal por relación con la realidad de los individuos, da a los regímenes liberales una enorme vulnerabilidad, ya que la tolerancia de que dan prueba, por definición, las impulsa a admitir la oposición. Pero si ésta tiende a destruir su misma esencia, la lógica del sistema implica que se le deje cierta libertad de acción, por más que los regímenes liberales contengan en permanencia un germen de muerte. Mas cuando tratan de defenderse, se ven obligados a emplear las armas (en todos los sentidos de la palabra) de los regímenes totalitarios. Por tanto, también contienen un germen de fascismo”[3].

La democracia es un ideal que no se propone como perfecto sino como constantemente perfectible, y por lo tanto irremediablemente se encarna a sí mismo sólo de manera aproximada. La aceptación de ese límite constituye su mayor virtud, que la distingue de cualquier otro sistema de organización política. Al mismo tiempo que busca promover el grado máximo de libertad, incentiva su autocrítica y garantiza que el núcleo totalitario que alberga en su interior pueda actuar para fungir de límite equilibrador ante su propio hubris; un seguro ante el peligro de la autoidealización de la democracia, su “tentación totalitaria”[4]. Ese frágil equilibrio está en riesgo constante de quebrantarse cuando el proceso de autocrítica se sale de control, desborda los límites institucionales y toma una inercia propia, convirtiéndose en una vorágine insaciable de autoflagelación moral que se expande y arrasa con los fundamentos de la institución democrática en la que se inscribe y sobre la cual se sostiene.

El problema surge cuando las ideas contestatarias dejan de estar al margen del sistema político, cumpliendo desde ahí su función esperada, encauzadas por el sistema institucional, para desplazarse a su corazón y a su cerebro. Es ésa, afirma Aizcorbe, la dinámica de la decadencia, que describe como “el abandono paulatino de las ideas que han hecho a un país grande y fuerte, y la adopción generalizada de las ideas del enemigo de esa nación, todo lo cual conduce en masa a la ruina”[5]. Con la precondición de una clase política corrompida, sedada por la cautivadora melodía inconsciente que puja hacia la nostálgica vuelta regresiva al mítico “estado natural” predicado por Rousseau, se hace largo la convicción de que todo debe solucionarse siguiendo las recetas de quienes con más rencor repudian a la democracia por su lamentable estado actual, tan alejado de su ideal y por ende culpable del pecado de hipocresía. La idealización de sí y de la sociedad cuya existencia se reclama insistentemente termina por adquirir una magnitud religiosa y, como dijo Becker, “La posición religiosa es que apuntar a cualquier cosa inferior que el ideal, es una enfermedad”[6].

El masoquista cultural identifica el núcleo totalitario de la democracia como agente tóxico, como mancha indeleble y expansiva que contamina la sociedad democrática ideal en su totalidad, ya que su promesa, tal como la malentiende el masoquista cultural atravesado por el fantasma del ’68, es la realización de una sociedad en la que todos conviven en paz y armonía como miembros fusionales de una plenitud paradisíaca igualitaria y homogénea, donde la agresión sólo puede darse como consecuencia de una falta de amor, tolerancia, y aceptación incondicionales.

Especialmente para quienes nacieron y vivieron todas sus vidas en la burbuja de una democracia relativamente funcional cargada de irreductibles culpas históricas reprimidas que retornan y piden ser expiadas, puede ser tanta la furia contra el núcleo totalitario de la democracia que se observa una vuelta de la agresión sobre ella misma, a la manera de una enfermedad autoinmune en la que los anticuerpos pierden la capacidad de diferenciar entre organismo y cuerpo patógeno. Por pretender destruir el núcleo totalitario, el masoquista cultural confunde la parte con el todo—a partir de un rasgo extrapola una identidad. Por querer destruir al parásito con el cual sostiene una relación simbiótica esencial para la supervivencia mutua, ataca al huésped del que forma parte. No tolera concebir la noción que el uso ocasional de la fuerza y de la coerción, movilizado por la pulsión de muerte del núcleo totalitario, sea una necesidad para mantener a salvo el organismo que habita. “La civilización democrática”, hace notar Revel, “es la primera que se quita la razón frente al poder que se afana por destruirla”[7].

En La sociedad abierta y sus enemigos, Popper advierte sobre esa trampa formulándola como “paradoja de la tolerancia”:

“La tolerancia ilimitada debe conducir a la desaparición de la tolerancia. Si extendemos la tolerancia ilimitada aun a aquéllos que son intolerantes; si no nos hallamos preparados para defender una sociedad tolerante contra las tropelías de los intolerantes, el resultado será la destrucción de los tolerantes y, junto como ellos, de la tolerancia. Con este planteamiento no queremos significar, por ejemplo, que siempre debamos impedir la expresión de concepciones filosóficas intolerantes; mientras podamos contrarrestarlas mediante argumentos racionales y mantenerlas en jaque ante la opinión pública, su prohibición sería, por cierto, poco prudente. Pero debemos reclamar el derecho de prohibirlas, si es necesario por la fuerza, pues bien puede suceder que no estén destinadas a imponérsenos en el plano de los argumentos racionales, sino que, por el contrarío, comiencen por acusar a todo razonamiento; así, pueden prohibir a sus adeptos, por ejemplo, que prestan oídos a los razonamientos racionales, acusándolos de engañosos, y que les enseñan a responder a los argumentos mediante el uso de los puños o las armas. Deberemos reclamar entonces, en nombre de la tolerancia, el derecho a no tolerar a los intolerantes. Deberemos exigir que todo movimiento que predique la intolerancia quede al margen de la ley y que se considere criminal cualquier incitación a la intolerancia y a la persecución, de la misma manera que en el caso de la incitación al homicidio, al secuestro o al tráfico de esclavos”.

Si las estructuras institucionales no son lo suficientemente sólidas, como es el caso en los países latinoamericanos en general—y más aún en los africanos y mediorientales—la democracia incipiente no resiste a las tensiones a las que es sujeta, y se degrada precozmente en diferentes formas de caudillismo, dependiendo de las proporciones de narcisismo y paranoia que se activen en la relación entre el líder y sus seguidores. El terreno se vuelve fértil para todo tipo de ideología promotora de ilusión: teología de la liberación, marxismo, guevarismo, indigenismo tercermundista, populismos de varia índole, sea de derecha o de izquierda.

El populismo tal vez sea la vía regia para la dinámica que estoy intentando describir, ya que glorifica la hostilidad subversiva contra el sistema político—la demanda articulada en una “cadena equivalencial” en términos de Laclau[8], que puede ser justificada—, la absorbe, la acoge, la nutre y la ensalza por vía de una nueva élite dirigente que se presenta como radicalmente antipolítica y pretende reemplazar a la anterior, considerada caduca y obsoleta, a la que identifica como culpable de todos los males y cómplice de todas las conspiraciones que atentan contra la “patria”, el “pueblo”, o la “revolución”. Borrón y cuenta nueva. Próxima estación: el Paraíso de la homogeneidad, construido sobre la noción de un pueblo autoidealizado, liderado por un conductor mesiánico que condensa en su persona las aspiraciones redentoras de las masas.

Valga Venezuela como ejemplo actual: a raíz del malcontento popular por su dirigencia política inepta y corrupta de principio de los ’90, la mayoría entronó al coronel Hugo Chávez en el poder, enemigo declarado del status quo Venezolano al punto de haber intentado un golpe de Estado militar en 1992. Ostentosamente anti-establishment, Chávez fue encarcelado por su intento de golpe y luego volvió, transformado en arquetipo del héroe que estuvo en el vientre de la bestia y de ahí retornó al mundo de los vivos. Desde ese punto en adelante se asistió a una lenta e implacable decadencia de las instituciones democráticas y republicanas de Venezuela, de la mano de sus enemigos declarados que canalizaron la hostilidad popular en la cima del poder. La degradación de la libertad en Venezuela según un continuum que va de un sistema de impronta marcadamente narcisista a otro siempre más paranoico y autoritario está a la vista de todos. Lo que empezó como una anhelada rebelión contra una democracia insatisfactoria y decadente fue paulatinamente dejando el paso al atropello de la disidencia, a cambios constitucionales con el fin de perpetuar a Chávez en el poder (fue presidente de Venezuela durante catorce años, reforma constitucional mediante, entre 1999 y hasta su muerte ocurrida en 2013), hasta culminar en el autoritarismo paranoide de su sucesor, Nicolás Maduro, quien ya anunció su intención de blindarse en el poder si llegara a perder las próximas elecciones—un escenario que desde su punto de vista calificó con la ingeniosa fórmula oximorónica “golpe electoral”.

Venezuela ilustra cómo la democracia, con su glorificación exacerbada de la crítica popular sostenida por una ideología promotora de ilusión, pueda colapsar bajo su propio peso, derivando progresivamente en formas siempre más paranoides de populismo, hasta llegar al autoritarismo casi-dictatorial de Maduro. Las próximas elecciones presidenciales van a ser la prueba del fuego para la institución democrática de Venezuela, que definirán si a pesar de todo ha podido sobrevivir la sociedad abierta—aunque mantenida en estado de coma—o si el chavismo luego de dieciséis años en el poder ya metió raíces tan profundas que su apartamiento por vías democráticas ya no es posible. De ser el caso, la vuelta a la democracia va a ser un proceso arduo, y casi seguramente acompañado de violencia y agitación social.

El mundo occidental de la actualidad está muy lejos de estar exento de estas dinámicas. Bajo la bandera omnícroma del liberal-progresismo, la mayor preocupación pareciera estar dedicada no en el reconocimiento y la preservación de los logros de la sociedad abierta, sino en la entrega incondicional del pilar sobre el que se sienta: la libertad de expresión. Se asiste a un esfuerzo obsesivo por no ofender, por no herir los sentimientos de nadie, por no hacer categorizaciones de ningún tipo—especialmente concernientes la sexualidad—porque, según recita el Leitmotiv liberal-progresista en su variante posmoderna, “somos todos iguales, y hay tantas realidades cuanto individuos, todas igualmente válidas ”. Esa abdicación consensuada y omnipotente del criterio de realidad, reflejada autocelebratoriamente en una actitud que se quiere ultratolerante y relativista, encubre en realidad un derrotismo apriorístico que busca evitar el conflicto, negando por completo la posible existencia de una amenaza para su integridad.

Herramienta preferida del comunismo soviético durante la segunda mitad del siglo XX, el masoquismo cultural occidental se alía hoy en día con otra mentalidad radicalmente antitética, que tiene como misión declarada a mediano y largo plazo la instauración de un sistema político regido según normas teocráticas basadas en la doctrina islámica. Ambas ambiciones, la liberal-progresista y la islamista-totalitaria, coinciden en la necesidad de un primer paso común: la purificación radical de la sociedad actual—imperfecta, podrida, corrupta, inmoral, desigual, injusta. Ambos se aferran de una ideología promotora de ilusión: el paraíso igualitario y multicultural de un lado; la sociedad perfecta bajo la Ley de Allah, del otro. Ambos ansían un desenlace apocalíptico de la historia, en el sentido de una inevitabilidad escatológica como precondición para la elevación del hombre por encima de sí mismo.

Criticar al Islam se hizo equivaler forzosamente a una forma de racismo al igual que el antisemitismo, y quien lo hace es desestimado, estigmatizado y hasta perseguido legalmente, acusado de predicar una intolerancia irracional, de ser afecto por una extraña patología de la intolerancia bautizada “islamofobia”—un término introducido por los fundamentalistas iraníes de la década del ’70 y popularizado más recientemente por los Hermanos Musulmanes. Al mismo tiempo, los imanes predican libremente su  mensaje antidemocrático y antioccidental desde los pupitres de las mezquitas y en las calles de la ciudades europeas, amparados por la libertad de expresión y de religión que en un mismo movimiento aprovechan y buscan suprimir. Así, la ideología de la intolerancia radical se anida y prospera en el corazón de la democracia, salvaguardada por la autocrítica compulsiva de ésta última. La crítica del Islam es tapada al nacer, el diálogo abierto es imposibilitado por la dirección unívoca en la que la crítica es aceptada. Al intercambio racional de ideas se superpone el pecado oscurantista de la blasfemia.

Quienes se expresan abiertamente con cuestionamientos legítimos y adquieren un mínimo de visibilidad—escritores, periodistas, dibujantes, políticos—deben tomar en cuenta la consecuencia asegurada de tener que vivir bajo escolta policial las veinticuatro horas del día. Es el caso del viñetista danés Kurt Westergaard o del sueco Lars Vilks; de la activista por los derechos de la mujer, política y autora holandesa de origen somalí, Ayaan Hirsi Ali; del politólogo egipcio radicado en Alemania, Hamad Abdel-Samad; del escritor indiano Salman Rushdie; del escritor francés Michel Houellebecq, y de un sinnúmero de otros que cometieron el pecado mortal de atreverse a criticar el Islam y que por ello ya no pueden vivir libremente porque si lo hicieran terminarían como el director de cine holandés Théo Van Gogh, decapitado en la vía pública en Ámsterdam en 2004 por haber dirigido una película que denunciaba el lugar de la mujer en la sociedad islámica. “No hubieran criticado al Islam, y no tendrían ningún problema”. Ésa es la reacción más difusa entre los masoquistas culturales ante esa situación: la capitulación preventiva, el enamoramiento con el propio abusador, la resignación de la facultad de crítica, reservada únicamente para el inofensivo sistema humanista que la vuelve posible.

El islamismo y la movilización liberal-progresista europea y latinoamericana pueden verse bajo la lupa del complejo de Edipo, en cuanto encarnan distintos intentos de resolución de la tensión afectiva ambivalente hacia el padre en cuanto representante de la Ley y la autoridad: el primero, a través de una sumisión pasiva y absoluta ante Él (“Islam” significa eso, sumisión); la segunda, por vía de su negación (“No hay ni padre ni madre”). Chasseguet-Smirgel veía en el empuje hacia la homogeneización de los rasgos y de los sexos la formación reactiva ante la angustia de castración: si todos somos iguales, no hay nada que me falte en comparación con los demás[9]. Habla entonces del correlato ideológico de esa ambición regresiva en términos de “ideologías promotoras de ilusión”, que postulan un estado final utópico en el que el yo y su ideal alcanzan su tan anhelada fusión, que adopta en cada ideología una diferente forma estética: el paraíso terrenal, la raza perfecta, el nacimiento del “hombre nuevo”, la sociedad igualitaria—la “verdadera democracia”. Ésa es, según Chasseguet-Smirgel y Grunberger, la esencia de la ilusión, a saber, la coincidencia del yo con su ideal, la omnipotencia autista de la plenitud indiferenciada que tiene su prototipo en el estado libre de tensión de la vida intrauterina, al cual Freud remite de distintas maneras cuando habla de “narcisismo primario”, de “yo placer purificado”, o de “sentimiento oceánico”. El moto hacia la ilusión busca borrar toda diferencia, desmentir toda agresión inherente al ser humano, y así uniformar a sus miembros bajo los lemas del mayo de 1968: “Ni dios, ni padre, ni amo”; “Sean realistas: pidan lo imposible”.

Lo que piden los masoquistas culturales cuando hacen de la autocrítica un goce fin a sí mismo, es precisamente lo imposible: que la democracia liberal alcance sus ideales. Y si no lo hace, pues merece perecer. Se vuelve moralmente imperativo colaborar con su ocaso y, para ello, aliarse con sus enemigos:

“En la actualidad, las democracias no sólo se atribuyen errores que no han cometido, sino que se han acostumbrado a juzgarse en relación a un ideal tan inaccesible que el veredicto de culpabilidad está inscrito en ellas de entrada y por adelantado. De donde se deriva que una civilización que se siente culpable por todo lo que es, en todo lo que hace, en todo lo que piensa, apenas encuentra en sí energía y convicción para defenderse cuando su existencia está amenazada. Enseñar todos los días a una civilización que sólo será digna de ser defendida a condición de convertirse en la encarnación de una justicia perfecta, es invitarla a dejarse morir o dejarse someter. Porque ahí es donde está el drama. El exceso de crítica de sí es un lujo de la civilización que apenas importaría si un enemigo exterior no amenazase la existencia misma de la democracia”[10].

Especialmente, cabe subrayar, cuando el enemigo externo por su naturaleza prescindió por completo de esos valores y considera a los opositores no como adversarios, sino como enemigos.

Por su desgracia, la democracia liberal con su énfasis en el intercambio de ideas y la libre expresión, construyó un prodigioso sistema de telecomunicaciones del cual sus enemigos fácilmente pueden apropiarse para fines propagandísticos: la censura se difunde a través de la libertad de prensa, la enemistad antioccidental se propaga por sus propias venas, y es el propio corazón liberal que se encarga de bombear las semillas de su ocaso por su propio cuerpo. Internet, las redes sociales, las aplicaciones de telefonía móvil, y antaño los diarios y los programas radiofónicos y televisivos—todos son frutos e instrumentos de la libertad de pensamiento posibilitada por la sociedad abierta que la democracia se propuso mantener y perpetuar. Sin libertad no hay creatividad, sin creatividad no hay progreso, y sin progreso no hay bienestar. Y del mismo modo en que sociedades mayoritariamente analfabetas usan armas con guía láser producidas en Asia u Occidente para derribar aviones enemigos, o Google Maps para localizar objetivos a atacar, así se benefician del aparato comunicativo y tecnológico occidental para difundir su propaganda, organizarse, buscar adeptos, e “infundir el terror en el corazón de quienes no creen” (Corán 8:12) a través de la pornografía de la muerte con la que ISIS inunda los portales, celulares y tablets del público occidental.

Donde los medios de comunicación están bajo el control del Estado, como era el caso en la Unión Soviética, la autocrítica es inexistente. La imagen de sí que reflejan los sistemas totalitarios es de perfección, rectitud, y pureza, mientras que las sociedades abiertas con su autocrítica refuerzan, retroalimentándolas, las proyecciones que reciben de los estados totalitarios que las culpan de sus propias falencias. Por eso fue tan espectacular el discurso de Nikita Khrushchev en 1956 cuando, a tres años de la muerte de Stalin, se atrevió a cuestionar su culto de la personalidad y las atrocidades que cometió—por lo menos algunas. Y por la misma razón fue tan perturbador el libro de Aleksandr Solzhenitsyn, Archipiélago Gulag, en el cual el autor describía su propia experiencia y la de otros en los campos de concentración soviéticos. Escrito entre 1958 y 1968, fue en Occidente que pudo ser publicado primero, en 1973.  Luego circuló en la Unión Soviética de forma clandestina, y pudo ser publicado allí recién en 1989, cuando el colapso soviético ya era inminente.

Tanto Khrushchev como Solzhenitsn habían hecho, por unos breves instantes, lo que la democracia liberal hace constantemente: girar el espejo hacia sí, y escrutar la propia imagen para denunciar las propias fallas. Prosiguiendo fielmente con la tradición soviética, la dinastía totalitaria que gobierna Corea del Norte desde ya casi setenta años se apoya en las autocríticas de su vecino del sur y de las democracias en general para legitimar su poder y su supuesta condición de superioridad moral, cuando no económica, social, y racial. Los islamistas de Hamas y de la Autoridad Palestina encabezada por Mahmoud Abbas (quien, dicho sea de paso, acaba de empezar el onceavo año de su mandato de cuatro, que venció hace siete—¡hablando de “sociedades cerradas”!), implacables y brutales contra todo disenso interno, se apuntalan en la ferviente autocrítica de la democracia israelí para justificar la necesidad de su destrucción. El opresivo régimen cubano, del mismo modo, retoma los argumentos contestatarios del Occidente capitalista para sostener el mito de su excelencia. “Nosotros somos mejores que ellos—¿no ven? Hasta ellos mismos critican su propio sistema”. Todo eso, por supuesto, amordazando rigurosamente toda voz interna que no concuerde con el régimen autocrático de turno.

Y Occidente, con la ya característica sumisión egosintónica que hace de su masoquismo cultural el goce supremo, sigue el juego. Porque, después de todo, es más fácil escupirse en el espejo. Parafraseando a Bruce Lee, “los espejos no devuelven el golpe”. El espejo nos lo dice y por eso se convierte en causa de nuestro odio: seremos lindos, pero Blancanieves, nuestro ideal, siempre lo es más.

Referencias:

[1] Popper, K. R. (1945/2011). The Open Society and its Enemies. London: Routledge.

[2] Chasseguet-Smirgel, J., & Grunberger, B. (1969/2004). L’Univers Contestationnaire. Paris: In Press Éditions. P. 210.

[3] Ob. Cit., pp. 210-11

[4] Revel, J.-F. (1976). La Tentación Totalitaria. Buenos Aires: Emecé Editores.

[5] Aizcorbe, R. (1977). Revolución y Decadencia. Buenos Aires: Occitania. P. 220.

[6] Becker, E. (1962/2010). The birth and death of meaning: A perspective in psychiatry and anthropology. New York: Free Press. P. 194.

[7] Revel, J.-F. (1983). How Democracies Perish. New York: Doubleday & Co. P. 7.

[8] Laclau, E. (2005/2013). La Razón Populista. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica.

[9] Chasseguet-Smirgel, J. (1975/2003). El ideal del yo: Ensayo psicoanalítico sobre la “enfermedad de idealidad”. Buenos Aires: Amorrortu.

[10] Revel, J.-F. (1983). How Democracies Perish. New York: Doubleday & Co. P. 10.

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