Del estupor al sopor: atentados jihadistas, habituación europea, y jamais vu liberal-progresista

 

Creo que estoy progresando. Esta noche, alrededor de las 3am, fui despertado por el zumbido de mi teléfono celular que se encontraba recargándose, apoyado sobre la mesita de luz. Lo agarré para ver la notificación: seguramente se trataría de una invitación para algún estúpido juego de Facebook, o tal vez a alguien le había gustado la última fotografía que compartí de mi gato. Cuando leí el conciso y sarcástico mensaje de mi hermano, “Allah es grande”, entendí enseguida lo que había pasado — otra vez más. Sin levantar la cabeza de la almohada hice una rápida búsqueda en Google, y me enteré de las últimas noticias europeas: bombas en Bruselas, docenas de muertos, muchos heridos. Pues, mala suerte. Volví a apoyar el teléfono sobre el mueble de madera y seguí durmiendo, sin pesadillas ni sobresaltos, hasta bien entrada la mañana.

Contrariamente a cuanto me había pasado con los últimos atentados en París, este último episodio de jihadismo europeo no se me hizo siniestro. La extrañeza que acompañaba la masacre del Bataclán, de Charlie Hebdo, de los atentados de Londres y Madrid, los videos virales de las decapitaciones de periodistas, dejó lugar a una resignada serenidad. ‘Habituación’, creo sea la palabra. Ya nada me sorprende de que haya bombas y ametralladoras que traducen en acción los dictámenes ideológicos que mueven los dedos índices de sus agentes, apoyados sobre gatillos y detonadores, o empuñando los cuchillos atiburonados con los que decapitan a presos y traidores. Instalar el terror, masacrar a los infieles, derrocar el ídolo de la democracia, implementar la Ley de Allah sobre la Tierra, y complacer a Dios sacrificando la propia vida en el camino de la guerra santa contra quienes se oponen a la expansión total del Islam: siendo ésas las prerrogativas doctrinarias, históricas, y ejemplares —en la figura de su profeta Mahoma— de una fe político-religiosa que confunde las esferas de lo político y lo divino, intentando a cualquier precio obtener una perfección en este mundo que sólo le corresponde a un más allá, el sentido común debería prevenirnos de mostrarnos sorprendidos cuando esos preceptos son puestos en práctica, una y otra vez.

No creo estar solo en este atolladero entre preocupación, espanto, y resignación. El cansancio por asistir a una repetición incesante de un terror que se jacta de compartir un solo nombre, ese frustrante déjà vu metonímico y adormecedor, está contagiando a los medios y, sobre todo, a sus audiencias que deciden con qué noticias quieren ser entretenidas. El horror jihadista ya es parte de la rutina. Los degollamientos teatralizados que antaño causaron horror e indignación prosiguen al ritmo de siempre, pero los medios ya no se hacen eco de ello. La gente se cansó de ver esa película tantas veces; ya quiere algo nuevo. Las bombas, las balas, las llamas, la sangre y los muertos, ya anestesiaron a las masas. Las esclavas sexuales, la ejecución de homosexuales, los homicidios de honor, las tomas de rehenes — ya llegaron a formar parte del día a día imaginario de todos nosotros. Aquello que hace muy poco era el horror impensable, ahora es la monótona realidad.

Los atentados del 11 de septiembre de 2001 dejaron una marca traumática en el imaginario colectivo que por la dimensión épica y abrumadora de las imágenes que los capturaron, marcaron un límite casi inalcanzable para todo intento sucesivo por parte de los militantes de la jihad global de provocar un impacto semejante sobre su audiencia. A la grandiosidad cinematográfica y aparentemente inigualable de las gigantescas bolas de fuego derrumbando las Torres Gemelas tuvo que seguir el horror más crudo y visceral de las decapitaciones y las torturas medievales. Pero hasta ese recurso parece haber tocado fondo, y la inicial consternación por los atentados jihadistas en suelo europeo ya adquirió un aire de normalidad.

Lo que no me deja de sorprender, empero, es como mi cansancio por estar viendo una y otra vez las mismas escenas de violencia y muerte en todo el mundo y hasta en Europa, sea correspondida por una amplísima opinión pública que pareciera enfrentarse una y otra vez con un mismo enigma que no sólo no logra entender, sino que ni siquiera puede ver. La incapacidad, la falta de voluntad, o la atadura políticamente correcta para nombrar el terror con su verdadero nombre, hacen que cada una de sus manifestaciones sea un jamais vu, un ‘nunca visto’ — la expresión que encontraron los franceses para describir el fenómeno por el cual uno experimenta una situación que de cierto modo reconoce, y que sin embargo le resulta sumamente ajena. Así es como ante todo nuevo ataque perpetrado por musulmanes devotos que gritan ‘Allahu akbar’ mientras masacran civiles, la opinión pública y las autoridades plantean el misterio sobre las posibles motivaciones de los atentadores. ¿Qué puede haberlos llevado a cometer semejante acto? Tal vez la falta de trabajo, tal vez unas familias poco cariñosas, o el calentamiento global. Tal vez el infundamentado sentimiento antiislámico que se respira, siempre más denso, entre la población europea asustada por el presente y el futuro cercano de su proyecto civilizatorio — nazis xenófobos, sin duda. Todo, menos una ideología que todos los jihadistas comparten a la letra y que guía cada uno de sus pensamientos y acciones. ¿Y qué decir de quienes sonaron la alarma hace décadas, y de quienes advierten sobre la naturaleza política y las aspiraciones totalitarias del Islam hoy en día? Intolerantes iletrados, ciertamente. ¿Acaso no leyeron a Marx, Lenin, Foucault, Galeano, Chomsky? ¿No se deleitaron con las iluminadoras explicaciones apologéticas de esa ideología de paz que es el Islam, divulgadas por los Reza Aslan, los Tariq Ramadan, las Karen Armstrong, los John Esposito, los Barack Obama? Todos ellos parecen coincidir en afirmar que en el caso de la preocupación por la amenaza jihadista, en realidad se trata de un problema de interpretación de nuestra parte, y que es nuestro error de interpretación lo que conduce a los brotes de violencia en el nombre de Allah. No estaríamos comprendiendo a la religión de la paz, y por eso merecemos morir. Una vez más, el etnocentrismo occidental y el discurso victimista y grandioso de la izquierda y el islamismo se complementan a la perfección: la ceguera entumecida de un lado coincide con el vigor fanático del otro.

Bélgica es hace años la punta de lanza y el caldo de cultivo del jihadismo europeo. Gracias a una inmigración desmedida y a la ghettoización de las comunidades islámicas —el barrio de Molenbeek es sin duda el ejemplo más alarmante y paradigmático—, la capital de la Unión Europea se ha convertido también en la capital europea del islamismo radical. Desde ahí se planificaron los ataques en París, y ahí se refugió Salah Abdelslam, uno de los atentadores. Se mantuvo prófugo en Molenbeek durante más de cuatro meses, siendo el hombre más buscado de Europa, y recién pudo ser apresado el 18 de marzo. Aparentemente, la comunidad entera conocía su paradero, pero nadie se lo comunicó a la policía belga. Una vez arrestado Abdelslam, docenas de habitantes del suburbio, en el que aproximadamente la mitad son musulmanes, se lanzaron contra la policía con botellas y tirando piedras. Predicadores radicales difunden su mensaje sin mayores inconvenientes en las mezquitas, mientras las fuerzas de seguridad se enfrentan al problema de tener que lidiar con no-go zones, sectores de la ciudad donde no pueden ingresar patrulleros o agentes de policía sin contar con refuerzos especiales — una situación que promete empeorar como consecuencia de las irresponsables políticas migratorias implementadas por la leadership europea durante el últimos par de años. Que los atentados hayan ocurrido a pocos días del arresto del héroe Abdelslam no debería sorprender tampoco.

Este déjà vu soporífero y repetitivo también permite anticiparse de unos días y hacer unas predicciones sobre la reacción de la prensa y la opinión pública: luego de un primer momento de condena por lo ocurrido y de empatía para con las víctimas y sus familias, rápidamente se hará largo el discurso impulsado por la izquierda progresista y permeado del bien conocido goce masoquista que empezará a poner en cuestión la defensibilidad moral de la condena de los atentados y el duelo por sus víctimas. Se llamarán en causa los pecados históricos de Occidente, aparentemente los únicos cometidos por la humanidad y también los únicos en no tener fecha de caducidad. Se repetirá compulsivamente que ‘esto no tiene nada que ver con el Islam’, a pesar de que los ataques jihadistas respondan a una interpretación literal de los textos islámicos primarios. Eventualmente, se atribuirá lo ocurrido a una oscura conspiración judía operada por la CIA y el Mossad. Se puntará el dedo hacia otros lugares más lejanos, de esos que la casi totalidad de los opinólogos no sabrían ubicar en un mapa, para alegar que quien expresa su dolor y preocupación por los atentados en Bélgica está pecando de hipocresía por no estar igualmente afectado por las masacres que hace años, décadas, siglos, y milenios azotan aquellas tierras lejanas, misteriosas, desconocidas, y por lo tanto tan fáciles de idealizar. Llamativamente, la condena de las atrocidades jihadistas pareciera considerarse válida mientras se lleve a cabo lejos de casa. Pero si golpea el centro de Europa se hace largo una extraña reticencia, un sentimiento de culpa por atreverse a empatizar con las víctimas. ¿No habremos hecho nosotros algo que justifique esos actos? ¿No tendrán una explicación que nos hace cómplices, copartícipes — causa?

Pero ¿quiénes se quejan por las muestras de dolor para con lo sucedido en Bélgica, del mismo modo en que lo hicieron en noviembre del año pasado por los ataques en París? ¿Qué quiere decir, realmente, cuando acusan a quienes expresamos nuestra solidaridad con las víctimas de los atentados de ser hipócritas por ignorar a las víctimas de Siria, Líbano, y Nigeria? ¿Acaso se trata de personas comprometidas con las tragedias que se están desplegando por aquellos pagos? No, todo lo contrario. El mensaje real, alego yo, es el siguiente: ‘Pongamos a lo acontecido en Francia y Bélgica en el mismo nivel de lo que pasa en otros países no-occidentales, de los cuales nos despreocupamos por completo hasta ahora, y como preferiríamos seguir haciendo’. Recurriendo a convenientes ejercicios retóricos y argumentos pseudohumanistas, el ‘moralista perezoso’ que emerge en estas circunstancias puede deshumanizar al sufrimiento de occidentales y no-occidentales de un solo golpe, y hacerlo ganando de ello un sentimiento de autocongratulación moral. Mejor ignorar a todos equitativamente que preocuparse selectivamente por algunos, aunque tengan más cercanía y afinidad con uno — o tal vez, exactamente por eso. ¿Acaso no es una clara muestra de equidad?

Slavoj Žižek bien representa esta postura de condena de la reacción generalizada ante los atentados islamistas sobre suelo europeo, y de comprensible indignación ante la falta de una respuesta equivalente ante la masacre perpetrada en Kenya el día siguiente a la masacre de París, en el que los milicianos islamistas de al-Shabab mataron a 147 personas en un campus universitario. Pero al igual que muchos intelectuales de izquierda, Žižek parece no entender que la historia del hombre no es una caída del paraíso, sino una lenta y tortuosa subida del infierno. Un infierno hecho de parásitos y microbios invisibles y desconocidos que causaban enfermedades mortales y misteriosas que hasta hace poco tiempo atrás limitaban la esperanza de vida a poco más de veinte años; de organizaciones tribales primitivas en las que la ley era el capricho y antojo del más violento; de un animal humano cuyo desarrollo evolutivo le provocaba una angustia existencial desmesurada en comparación con los recursos de los que disponía para entender algo de ese mundo que se le imponía prepotentemente como un misterio que lo englobaba todo. Žižek, al igual que la armada de moralistas perezosos, pareciera no valorar el hecho que en algunas partes del mundo la especie humana haya logrado construir sociedades en las que un ataque terrorista impulsado por ideales religiosos que se cobra la vida de 128 personas sea un evento inesperado y excepcional. En otras palabras: que es más clamorosa la irrupción del oscurantismo medieval en una sociedad democrática y liberal que ese tipo de violencia parecía haberla superado a un precio altísimo hace nada más que dos siglos, que si en regiones violentas de la tierra sociedades violentas siguen siendo violentas y masacrándose por razones religiosas y tribales como lo hicieron ininterrumpidamente durante siglos.

En lo que va del año, ya se registraron ataques jihadistas en veintiseis países. ¿Cuántos pueden decir que se enteraron de ello y se preocuparon por todas sus víctimas? ¿Sería admisible exigirle a alguien que lo haga? Y finalmente, ¿qué criterio debería decidir para cuáles víctimas se justifica nuestro pésame y para cuáles no? La proximidad geográfica, la 12719564_968639653203839_4853055229650675964_oafinidad identitaria y cultural, son y fueron los criterios básicos para la creación de un ‘nosotros’ con el cual nos identificamos, del cual formamos parte afectivamente, y por el cual nos sentimos amenazados cuando éste lo está. No hay nada reprobable en ello, a pesar de que el discurso en boga hoy por hoy prescribe que si el ‘nosotros’ está compuesto por blancos occidentales es razón suficiente para justificar un sentimiento de vergüenza y culpa preventivas. A menudo, se sabe, las opiniones no se forman ni se sostienen porque se basen en un fundamento hecho de reflexión crítica sobre la base de elementos concretos y verificables, sino que se rigen por un criterio estético: cierta apercepción ‘gusta’ porque ‘es linda de ser pensada’. Nos hace sentir bien con quienes somos, en tanto se aproxima a hacer coincidir la imagen que tenemos de nuestra persona con nuestro doble ideal, atravesado por los fantasmas de nuestra herencia familiar y cultural. O, como en el caso de Žižek, con nuestro doble ideal encarnado en la ideología—contestataria, tercermundista, buensalvajista, anticapitalista, antioccidental.

¿Y ahora, qué pasará? Nada nuevo. La grieta entre multiculturalistas filoislámicos y los ciudadanos que denuncian la incompatibilidad entre Islam y valores democráticos, se seguirá profundizando. La distancia y la desconfianza entre musulmanes y no-musulmanes seguirá acrecentándose, dando lugar a polarizaciones siempre más radicales de los dos lados. Se asistirá a una progresiva degeneración del conflicto en términos de grupos paraestatales, enfrentados en los márgenes de una sociedad que, convencida de su invulnerabilidad, se niega a despertar de su letargo. La culpa de ello, así como de la coyuntura europea actual, ha de atribuirse a un centro político, tanto de derecha como de izquierda, que por demasiado tiempo se ha negado a tomar las medidas incómodas que exigían los tiempos corrientes. Reacio por principio a toda especulación cínica y pesimista, el centro político se ha guiado por el lema omnipotente ‘todo saldrá bien’ — y continúa haciéndolo, pese a las cachetadas ensangrentadas que la realidad le proporciona desde los cuatro rincones del mundo y desde el corazón de su propia casa.

Estamos viviendo épocas en los que ya no quedan optimistas, y eso lo dice todo. Nadie tiene el atrevimiento de pintar un final feliz de aquí a diez, veinte, treinta años. Podrán disentir sobre las causas y el resultado final de este marasmo, pero todos parecen estar conscientes, que lo quieran admitir o no, de estar peleándose por el control del volante de un auto en caída libre. Los únicos optimistas son los teócratas musulmanes y los líderes jihadistas. Desde su perspectiva, el futuro se ve brillante.

Advertisements

2 comments

  1. Daniel · · Reply

    excelente.

    Like

  2. […] Del estupor al sopor: atentados jihadistas, habituación europea, y jamais vu liberal-progresista Creo que estoy progresando. Esta noche, alrededor de las 3am, fui despertado por el zumbido de mi teléfono celular que se encontraba recargándose, apoyado sobre la mesita de luz. […]

    Like

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s

%d bloggers like this: